Entrar y hundirse hasta las rodillas en un libro de divertimento, es lo más distractivo, jocoso y relajante que le puede ocurrir a un lector, aun cuando dicho libro contenga confesiones de parte, sin tapujo alguno, y se regodee, la mayoría de las veces, en lo que Charles Bukowski definía como «el olor de los sobacos». Por encima del trabajo escritural, haciendo añicos la seria atención en la estructura, el fondo y la forma, la heterodiegesis, el uso sintáctico y semántico; llevándonos de la mano masturbadora hacia los confines lúbricos para solo ver con el ojo vouyerista lo que el autor nos quiere mostrar, en El sendero luminoso del placer (Ediciones Altazor, 2009) Willy del Pozo se ha desnudado con una exclamación de «¡a la mierda!» y nos ha mostrado sus partes pudendas en un festín narrativo que roza alegremente con lo cochambroso.
El libro se abre con una inútil advertencia en la que se nos dice que estamos frente a un conjunto de textos reales (aunque lo real, en cuanto a la escritura, abarca cierta subjetividad), una suerte de memorias o antimemorias del autor, acariciadas por las manos juguetonas del recuerdo, y que se inician con el relato de su concepción hasta acabar con las vicisitudes que le ha acarreado su look melenudo de rockero. Así, nos enteramos que este hijo ayacuchano, traído al mundo no por la cigüeña sino por un kilinchu de Watatas, ya desde el vientre materno bebía su cervecita «seco y volteado», y después se aferró tanto a la teta cervecera, en el germen de un placer freudiano, que hasta ahora no ha perdido la costumbre y sigue prendido de las tetas, aunque esta vez con unos fines más bien hedonistas.
Siguiendo a pie juntillas y haciendo suya la frase de una ardiente filósofa huamanguina: «La buena literatura está en nuestros cuerpos, no en los libros», Willy del Pozo se despoja de sus ropas y se embarca en la redacción de este libro, más que como un desnudo griego, como un cholo calato que, con picardía y morbidez, le pone condimento a lo que allí se describe y cuenta, alejado del color local que tiñe la voz del poeta Luis Nieto cuando añora en sus versos a la «cholita, chola relinda,/ levanta un poco tu falda;/ me han contado que tus muslos/ son más rosados que el alba», ya que las féminas que discurren por las páginas de El sendero luminoso del placer son, en su mayoría, citadinas, caucásica, una gordininfa metalera y una adolescente española, odorífera y rota, que no se asemeja para nada a las sonrientes ninfulandinas peruanas.
Los primeros descubrimientos sexuales son también cómplices de la decepción, y el autor relata los fiascos sin eufemismos ni maquillajes, siendo al final el mismo narrador quien termina maltrecho y ridiculizado. Las anécdotas se detallan con crudeza; las situaciones son mostradas tal cual, valiéndose del tono adecuado que el realismo cachaciento lo requiere; y la ironía, las chanzas y los momentos embarazosos que los textos ofrecen, contienen a veces tal sordidez, que no queda otra alternativa que aceptarlos con un ligero mohín o una explosiva carcajada. De este modo, a diferencia de otros testimonios personales en los que uno se presenta, en cualquier circunstancia, bien parado, teniendo la razón, convertido en el héroe de la historia, Willy del Pozo se ríe de sí mismo y se burla de su propia desgracia (aunque también disfruta de su buena estrella, cuando la tiene), como una manera de sincerarse frente a los ojos del lector. Allí aparecen las pioneras tetamentas que alucinaron la mente del púber ingenuo, alumno del San Juan Bosco, que despertaba al mundo sexual; surge también el inaugural beso telenovelesco que acaba en insoportable arcada vomitiva; asoma la profesora de piano, cuya halitosis draconiana desanima cualquier vocación, e irrumpen como un solo estridente de Angus Young los primeros conciertos de rock, las borracheras incontroladas, los porno movies y las marimbas voladoras, hallazgos en los que el incipiente melenudo ingresa como pez en el agua.
Luego, las vivencias que el autor describe en sus inquietos periplos por Europa —en un lugar llamado Rota, el Puerto de Santa María y Bournemouth—, tienen el punto culminante en lo que quizás sea el texto más grotesco del libro: «La cagada», en donde el mar, ya de por sí solícito para muchas urgencias, se vuelve un enorme váter receptivo en el que hasta el propio lector termina cagado. Y no podemos olvidar tampoco, en otro texto llamativo, a la nínfula Yoli, oriunda de Rota, es decir, una rotita precoz con la entrepierna humeante, quien, a sus doce años, sedujo a Humbert-Humbert del Pozo, no tanto por su audacia y sus besos con sabor a chupachús, como por el furioso alacrán que despedían sus españolas axilas. Ya de regreso a Lima, y para ponerle la cereza al pastel, el relato en el que don preservativo, un señor de látex para un uso penial, cual detergente novedoso, puede rendir y rendir mucho más, desafía el estómago de los que, sensibles a la menor sordidez, no comparten el gusto del divertido autor, quien no le hace ascos a nada.
Pese al tono risueño del libro, hay, sin embargo, un cariz que lo asienta en la serenidad de las vivencias personales, en las ansiedades y los deseos de cualquier macho cabrío en busca de la organicidad en su existencia, y este lado humano es el que finalmente cubre las páginas de El sendero luminoso del placer con un manto de cinismo, de arrechura, de festividad y de ganas de vivir, que todavía hoy animan los días de Willy del Pozo, un autor que se comporta como un alocado cantante de rock, pues en cada intervención pública quiere desnudarse y arrojar los libros al auditorio, como si se tratara de la bufanda de Steve Tyler o la vincha de Enrique Bunbury; que al volante de su altazormóvil maneja como un descosido, aun con ingentes cantidades de alcohol en su organismo, retando a la muerte y ocasionando el pánico entre los que viajan con él; que, como editor de larga data, y ahora asociado (o arrejuntado más bien, ya que la plataforma editorial, venida desde la madre patria, es suya) con un galancete y seductor de poetisas confundidas, apuesta por proyectos descabellados o inicia viajes aventureros con escritores igual de locos como él por la carretera de la literatura existencial, haciendo eco de todo lo que ha plasmado en este libro hilarante que sobrepasa lo autobiográfico y que se puede leer en un santiamén.
