ArtículoMay 16, 2009 10:10 pm

La vigencia del escritor coyuntural es tan corta como la literatura light (muy de moda en su tiempo, aunque todavía existen rezagos en textos fácilmente olvidables), la misma que, de un solo pinchazo, se revienta como un globo de fiesta o se desvanece cual hoja seca sobre los dedos frotados. Vivimos en una época tan rápida y superficial, sin detención alguna para poder tomarnos un respiro y meditar, analizar, comparar y regodearnos, paciente y concienzudamente, en lo que estamos consumiendo, que hoy en día es normal, casi diría una regla, que los productos librescos sean desechables, que sirvan para una sola vez, que no se queden en la mente ni en la mesita de noche de nuestra habitación donde podríamos cogerlos y disfrutar nuevamente de su esencia o de su brillantez. Han aparecido nuevos entes como igual número de denominaciones al paso, una de las cuales vendría a ser lo «mediático», palabra que particularmente no me agrada, pero que está inmersa en todo lo que ahora tocamos. Y así tenemos con que hay actrices mediáticas (Lindsay Lohan), cantantes mediáticas (Amy Winehouse), conductoras y presentadores de televisión mediáticos (Jaime Bayly), congresistas mediáticos, y, por supuesto, escritores mediáticos.

Yo no entendía muy bien qué significaba esa palabra, hasta que un escritor peruano se autodefinió como mediático, y entonces tuve una vaga idea de lo que quería decir. Como las canciones de moda, como las envolturas de las golosinas, como los envases descartables, el escritor mediático y su escritura solo sirven para distraer a la platea, para hacer piruetas inconsistentes y para asumir de bufones cuando lo «actual» pide a gritos ser representado. Y con esta parentela, prima hermana de lo light, también compiten los que tuvieron sus «quince minutos» de gloria y ahora los recuerdan solo unos cuantos. Un caso penoso es el del chileno Alberto Fuguet, escritor de segunda fila que osó ningunear a García Márquez, nada menos, y que luego se dedicó a lo que le gustaba: el cine. Él mismo, incluso, no se veía como lo presentaban en su momento dentro del mundillo literario, y el tiempo le dio la razón, como a muchos otros plumíferos, sobre todo españoles, que escribían con la secreta ilusión de que sus libros fueran llevados a la pantalla grande.

El cine, la televisión, la cultura pop y, últimamente, internet, son los que ahora influyen de manera tajante y poderosa dentro del ideario de las voces actuales que desean, a todas luces, tener una voz. La influencia literaria ya no es más literaria como ocurría antaño (cuando al leer entrelíneas un texto se notaba el guiño de un autor anterior), sino de otra índole, y los referentes no son escritores, filósofos, ensayistas, sino directores de cine, cantantes, líderes de plástico, iconos de la efímera fama. Es inevitable. Los tiempos así lo requieren. No estamos ya para detenernos en grandes bloques de escritura (de bella escritura, añadiría yo), cuando podemos muy bien resumir al máximo una idea central, evitar las descripciones, la creación paciente de personajes, el buen desarrollo de una trama. El bombardeo audiovisual es tan abrumador, que deja sin fuerzas, sin reacción y heridos hasta los huesos, a muchos escribidores pasivos que lo único que les resta por hacer es vomitar todo aquello con un trabajo de calculado enfoque perturbador. No los culpo, hacen lo que Jean-Paul Sartre propugnaba: vivir su tiempo, y esto, de alguna manera, me parece que ya tiene un cierto mérito, a optar por quedarse como simples espectadores de una realidad sórdida y escurridiza.

Sin embargo, así como la utilería electrónica que pretende suplantar a los libros tiene una mínima duración ─tal como lo señala Umberto Eco en un reciente artículo─, del mismo modo pienso que tal vez estos nuevos textos no tendrán mucho aire para subsistir los años venideros. De nada le va a servir reclamar a Mario Vargas Llosa por una «novela total» de grandes ambiciones; en estos tiempos la ruta va por otro camino, y esto lo saben muy bien los escritores que se esfuerzan por «estar a la moda», por apuntar hacia un modelo marketero, por engendrar un best seller y escribir sin las entrañas, ni los cojones, ni la honestidad que el propio cuerpo de un auténtico autor ─consciente de su labor─ exige.

Ejemplos de olvidos literarios y envejecimientos prematuros hay varios, sin contar con las «promesas» que se quedaron solo en eso. Los vítores y saludos de bienvenida al parnaso de las letras fueron tan estruendosos, que el autor así celebrado ─no teniendo una obra consistente que lo respaldara─ se consumió con la misma rapidez de un cigarrillo chamuscado. Con el correr del tiempo, que pone las cosas en su lugar, solo los resistentes edificios verbales, aquellos que fueron trabajados con materiales nobles y basamentos sólidos, quedan en pie y permanecen erguidos por encima de cataclismos mediáticos. No en vano Borges evitaba leer, en lo posible, a sus contemporáneos, para sumergirse en esas catedrales clásicas cuya lectura es mucho más provechosa que las «novedades» rimbombantes que se exhiben en los escaparates de las librerías, hacia las cuales acuden como borregos los «lectores cautivos» (víctimas fáciles de editores voraces y publicistas) para adquirir lo «último».

ArtículoAugust 6, 2008 11:41 pm

Hablando en un café con mi amigo el narrador y crítico José Guich, coincidimos en admitir que no somos frecuentes visitantes de blogs —de los llamados «literarios» (¿?)—, por el negro tizne que ha venido a caer sobre ellos (no sobre todos, desde luego) y por el elefantiásico soplido y engorde del ego de quienes lo administran, hasta el extremo de hacer de este medio una suerte de consolador o muñeca inflable para un penoso onanismo. Si me he enterado de algunas habas que se cuecen en esta olla de grillos, es porque a mi correo llegan, de rebote, las carnecitas más sabrosas del bajo mundillo letrado como para saborearlas con unas gotas de aceite sacha hinche.

En el fondo, de lo que se trata, a mi entender, es de llenar a como dé lugar —unos, de manera desesperada; otros, con ciertas sutilezas— esa enorme carencia de no tener voz ni siquiera en el coro de los desafinados. Y si con esto me refiero a los administradores de vanidades que escriben como si su vida o sus ideas fueran lo más grandioso (¡a quién le interesan, por dios!), qué decir de esa cloaca inmunda que hierve hasta consumirse en su propia rabia denominada «comments». Solo una vez ingresé en esa madriguera del resentimiento, en ese estercolero de la nulidad, y fue en el blog del señor Ybarra, quien, al parecer, no hace ascos cuando las ratas, las cucarachas y los chanchitos se pasean con plena libertad en el patio trasero.

Durante un día fui piñata de la cobardía sin nombre que lanzaba sus pullas y escupitajos a diestra y siniestra, y en todo aquel vómito de resaca tardía solo pude notar, con pena, cuán baja autoestima alumbra a la gente supuestamente «interesada en la literatura». El chisme, la zancadilla, el puñal por la espalda son los utensilios que se enarbolan, no solo en los cafés, sino ahora en la red (con mucho más libertad y desparpajo, por cuanto la persona agraviante no está al frente para encararlo), en vez de utilizar ese espacio para construir un diálogo serio, educativo y alturado. Ser fisgón y entrometido se ha hecho un mal arte, que viene acompañado por el libertinaje de la pata alzada y los adjetivos con ventilador, y esa fijación deja a un segundo plano lo que debería ser más importante: la obra literaria.

A diferencia de otros gremios o profesiones, es en la pequeña aldea de las bellas letras donde más brincan los saltamontes, donde las emociones se alteran mucho más, tratando de buscar cual perros sabuesos las basurillas debajo de la alfombra, el tartamudeo en la oratoria, la caída en el charco. Nada hace más felices a algunos que ver en el suelo al que intentó elevarse; nada los alegra tanto que mancillar honras (todavía las hay) y hundir al que camina por la línea señalada sin mirar a nadie. ¿Qué interesa que Reynoso, Heredia o Moromisato sean, en lo personal, lo que son? ¿Qué importa que un poetastro sanmarquino esté lavando baños y recogiendo cagada de perros en España? ¿Quién se araña al ver que algunos reciben premios y otros no? Con esto, comprendo muy bien a la cuidadosa Mónica Belevan cuando evita en lo posible todo tipo de «exhibición», según me escribió, para no soplarse las hablillas del «ambiente literario» que vendrían después.

Ante tanto insulto y mala leche, frente a la indisposición hacia el bien de quienes administran y testifican en los corrillos de la blogósfera, propongo tal vez una utopía: sacar lo mejor de cada uno para beneplácito de todos; no ver la mugre, ni las legañas, ni los bostezos, propios y ajenos. Dejar las anécdotas de bar en el bar, las riñas en el cuadrilátero, la ropa sucia en la lavadora. Démosle vuelta a la torta pútrida, que es en lo que se están convirtiendo algunos espacios, y que en los blogs «literarios» se hable de literatura, de arte, de filosofía, y no del lado femenino del pequeño poeta Rubén Quiroz, de las poses que adopta la orate Montserrat Álvarez, de las ediciones maleadas de algunos editores bizarros, del frenillo inevitable de Iván Thays, de la insipidez de algunos narradores de las últimas hornadas, del arribismo de tantas enanas desubicadas y el piquichonismo de tantos minusválidos iletrados, y de otras chorradas por el estilo. Caminemos juntos y sin malicia en una caravana de hermandad, como es lo que propone, por ejemplo, el blog de Javier Garvich, y seamos solidarios por primera vez con los auténticos creadores que trabajan la palabra con honestidad, seriedad, esfuerzo y dedicación. El anonimato en la red ha hecho valientes a muchos pusilánimes que, en el enfrentamiento cara a cara, seguramente no se atreverían ni siquiera a alzar la voz, menos aún a develar su verdadera identidad, y ha servido también para el desahogo de quienes, a falta de tribunas, hacen su propia tribuna egolátrica y autocomplaciente, en beneficio de un individualismo entristecedor.    

ReseñasMay 15, 2008 3:43 am

No he conocido a una persona tan afincada a su tierra como el poeta Ricardo Ayllón, hijo del mar chimbotano, bardo de abstrusos paisajes, sensible enamorador de su propia musa (que vive en casa y lo acompaña hasta en sus más cimbreantes entresueños). El polvo del barrio que lo habitó desde la infancia, las algas marinas que debió haber visto en la playa, el burro que da vueltas —hasta ahora— señalando la hora exacta en cada recorrido, en medio de un bosque de párvulos y columpios, aún se dejan respirar en sus poros abiertos de poeta nostálgico, comprometido a su manera con el lugar natal.

Salido de un silencio que duró algún tiempo (ocupado en quehaceres burdos, aunque a veces necesarios, como asentar un sello editorial), ahora nos entrega un nuevo poemario, un libro cuyo título es más que sugerente, Un poco de aire en una boca impura, remarcando con esta cosecha esa fijación en su propio universo terruño, aquel que está inevitablemente atravesado por la red de los pescadores, la sal del mar, las aves guaneras y alguna que otra mujer prostibularia que, en el despertar de los deseos primigenios, le indicó la puerta incandescente y festiva del habitáculo de los adultos.  

 Ayllón no es de los que esperan, ni desesperan (como muchos poetastros que llegan a extremos lamentables) por ocupar un sitial en el ilusorio limbo de la ciudad letrada; no es un poeta de los autodenominados malditos —líbrelo Dios o Satán de semejante desatino—; tampoco es un vate que ha estado enclaustrado injustamente y emerge mucho más lozano e inocente que nunca. Ayllón se toma en serio su vocación literaria, y solo da a conocer lo que sus entrañas le han dictado —tras un largo proceso de escritura y ardua revisión— cuando su mente y su corazón así se lo indican. Un poco de aire en una boca impura es el súmmum de las sensaciones de un testigo meticuloso de su entorno y de su mundo interior volcadas al mar, pero es también el vuelo de la imaginación poética hacia parajes sensitivos, la mezcla de significantes para un significado mayor, el trabajo de contrapuntos escriturales a fin de levantar un muro de contradicciones humanas acerca de un mismo tema.

El libro está constituido por un cuarteto de diferentes tonalidades y texturas. Como el jazz, a veces unos instrumentos se desbordan más que otros, salen del ritmo establecido para liberarse de sus amarras y entrar en la improvisación. Y en medio de este swing de formato prosado y versos libres hay dos textos —a mi entender— en los que la musicalidad viene aparejada con la voz. El tono caudal del poema «En la bahía», que abre propiamente el volumen, nos sumerge en el vasto laberinto de la mitología, pero una mitología muy personal donde lugares llamados Cascurno, Unicré y Lopino se confunden con divinidades bautizadas como Crisanto o Lusen. La brisa marina parece acompañar estos cánticos cadenciosos, aireados, dispersos pero ubicuos, metiéndose entre las rendijas del aliento fabulador que subyuga al bardo de nada nobles conjeturas y sentidos encantamientos, para acabar empozado, con un olor a musgo y malagua, a yuyo y cangrejo, en un sitio tan terrenal como Tres Cabezas, «donde las bacanales ganaron fama por su perpetuidad».

El otro texto es el que magnifica el insomnio dentro del «Cuaderno de obcecaciones», una letanía concienzuda acerca de las horas muertas, de la luz en la penumbra de la vigilia y las consecuencias de tener los ojos abiertos cuando —dice el autor— «mi alma sueña conmigo y no niega más mi temple de peregrino de abismos». Es la duermevela del vate insomne que bucea en su no-dormir, la abertura hacia una realidad más tangible que solo la puede descubrir en la madrugada, mientras el silencio de los durmientes se hace cada vez más pesado y el único que puede escuchar dicho mutismo es él. Es, en suma, el pálpito de la respiración adormecida que trae consigo la liviandad de un cuerpo cansado —el del poeta— puesto en vilo, interpelado por su propio cuestionamiento, vuelto al derecho y al revés en palabras que quieren ser anclas o flotadores de rescate, crucificado sobre el madero de sus pensamientos nocturnos, tal vez los más lúcidos y reveladores, en todo caso, los menos contaminados con el polvillo azaroso del día.

Con este poemario, Ricardo Ayllón revela la sutileza de su voz particular, el ejercicio de los vocablos escogidos en continuo pulimento, añadiendo una placa más a su no tan copiosa radiografía poética que empezó con Almacén de invierno en un ya lejano 1996. Entre buganvillas marchitas y barcas lubricadas, entre deshojaciones y un mar llamado Domingo, con un lenguaje por momentos hermético que se presta más al sentir que al opaco entender, Ayllón transita como Pedro por su casa en su pequeño huerto chimbotano, no el real sino el creado, aquel de un simbolismo que lo acoge con sus formas diversas e interpretaciones múltiples, para satisfacción emotiva de sí mismo y de quienes, al leerlo, intentan conocer al hombre más allá de su equipaje corporal, descubrirlo en la profundidad de sus palabras hechas escritura, en ese desahogo expresivo que, a fin de cuentas, es una de las formas más certeras de conocer verdaderamente a los poetas auténticos.

ArtículoApril 17, 2008 7:46 pm

Bastó un e-mail del novio de la chica para que la mecha se encendiera, y brotara como una espina, y se expandiera por la red como una vociferación de protesta, llenando los corazones primero de sorpresa, luego de incredulidad, finalmente de indignación. El azar la había llevado a Ecuador, en una visita sustituta que la hizo partícipe de una reunión abierta, televisada, y sin embargo los hilos de la prepotencia oficial la iban a cercar como una araña arrincona a una mosca. Tal vez la inocencia le jugó una mala pasada, quizás la buena voluntad le mostró su otra cara; no obstante, no era para que se ensañara tanto con ella. ¿Estaba acaso ya predestinada? ¿Todo la llevaba irremediablemente hacia las garras bufalonescas? Sea como fuere, lo cierto es que ella se encontró de pronto en el lugar equivocado, en el momento equivocado, y la pala temeraria —y ciega— de la militancia la arrastró con toda la carga, la levantó en vilo y la hundió en el pozo frío de la represión.

Voces ajenas se levantaron como si de su hermana se tratara, y helos aquí cerrando el puño y escupiendo a destajo la mala estrella que le tocó vivir a la estudiante universitaria, asidua concurrente de tertulias y recitales literarios. De golpe, cual ventarrón intempestivo, medio mundo se sintió tocado por la suerte de la joven, seguían la pista de su destino y urdían plantones frente a edificios públicos para su inmediata liberación. El agua, que tanta falta hace a los pobres de asentamientos humanos y a los que habitan en la cima de los cerros, fue derrochada por un rochabús una tarde de performance en la que lo que menos deseaban los manifestantes era bañarse. Y los apaleos, empujones, botas en ristre, le dieron a esa tarde la razón para seguir odiando a la tombería y continuar con la rabia.

Abogados, parientes, salieron en defensa de la equivocación, y mientras se esperaban pruebas, pruebas al canto, a la vez que registraban la vivienda de la infortunada joven, el mandamás de los captores justificaba su error. Salía con su mejor perfil en la tele, rodeado de micrófonos, en tanto los flashbacks televisivos mostraban a la muchacha esposada en Aguas Verdes, metida en un automóvil, entrando en una dependencia policial. Youtube lo hubiera tenido entre sus videos más vistos si no fuera porque Amy Winehouse acaparaba la atención entonces; pero lo que sí se vio fue al infatigable maestro Delfín participando en la manifestación, enhiesto como sus esculturas de hierro.

El hecho cruzó fronteras mentales, abrió los ojos de muchos, intelectuales insospechados daban su nombre y DNI a una carta dirigida al presidente, y hasta los borrachitos de Quilca dejaron a un lado sus botellas y se unieron al reclamo, que les salió por la culata porque la bufalonada vestida de Rambo les agrió las cervezas encimándolos y amenazándolos cual si fueran terroristas, cuando el único atentado que podrían cometer era solo contra sus hígados. La rabia creció, mientras la situación de la chica no cambiaba, y se incrementó aún más cuando la trasladaron a Santa Mónica y le implantaron un régimen estricto.

Sola, en la frialdad de cuatro paredes, ahora ella medita, siente, sus ojos se cierran al sonido de los ecos distantes, a la reminiscencia de la libertad perdida. Con apenas cuatro horas de camino en el patio, visitas restringidas y sombra por doquier, su cautiverio en el tercer piso del pabellón C es más duro, más indigno. Para consolarse, quizás, para paliar ese sentimiento contrariado de ira, impotencia y desazón, la joven escribe, se ensimisma, procura trasladar en palabras lo que su voz no puede traducir, y el dolor del encierro la alienta, la desgarra, la hace madurar, en medio de una situación que nunca imaginó, que jamás en su vida se le cruzó por la mente. Ella, que tampoco se imaginó, ni siquiera en sus remotos sueños, que iba a ser lo que ahora es: un símbolo, parte de un sentimiento de privación injusta a la libertad. Y que ahora también, de un modo visceral, en la clausura severa que la induce a replegarse para resistir, en el encuentro obligado consigo misma, maniatada tal vez por su propia indefensión y tristeza, esta joven recluida, desahogándose, se está convirtiendo en poeta.

ArtículoDecember 14, 2007 7:40 pm

El trajinado escritor Oswaldo Reynoso se quejaba en varias oportunidades de no encontrar a alguien que escribiera sobre la Lima actual, y de modo específico, sobre la zona de los conos, aquella parte variopinta que es habitada, en general, por gente migrante que vive con esfuerzo y terquedad mirando hacia el futuro. Los textos que había leído hasta entonces, de jóvenes escritores henchidos de ínfulas egotistas, le resultaban por decir lo menos algo fresas, ya que no veía reflejado en ellos esa Lima andinizada, provincial, colorida y mestiza que es nuestra capital de ahora. Pues bien, con La ciudad de los culpables de Rafael Inocente, el anhelo de este siempre aludido escritor de peso se ve colmado. La novela no solo posee una fuerza que arrastra hacia una lectura sin concesiones, sino que pinta un cuadro sobrio de personajes coneros, con todas sus penurias, vicios sociales y singularidades acarreadas por vivir en una ciudad enferma, llena de contrastes, castradora, sucia, racista. Allí donde pocos quieren meterse, hacen ascos y tratan de soslayar, se mete Inocente; allí donde los escollos de la pobreza, las esteras, los cuartos pigmeos, la falta de agua, la rabia, la frustración, son el pan de cada día, Rafael Inocente ingresa como en su casa, se regodea con esas miserias cotidianas y escupe con valentía las voces que lo habitan, masculinas y femeninas, valiéndose de un arma que nunca falla: la energía y vitalidad de un narrador de fuste que dice las cosas sin remilgos, sin eufemismos ni amaneramientos, y cuyo resultado, aunque espolvoreado por ciertos baches, es menester resaltar.
Comparándolas con otras novelas publicadas en los últimos tiempos, podría decirse que esta novela, para expresarnos de un modo coloquial, ha sido escrita con huevos (y conociendo personalmente al autor, no sé de dónde los habrá sacado), pues tanto la temática como el tratamiento del hilo narrativo no temen la verdad de lo que ahí enuncian, y más bien tratan de provocar una reacción —de adherencia o de rechazo— del avispado o lerdo lector para con los protagonistas. Son historias paralelas, historias de vida de jóvenes anclados en una ciudad que los irrita o los abruma, que los vuelve partícipes de situaciones adversas, solitarias y hasta bajas, en las que la conciencia, el remordimiento, los quizá, los tal vez, se enmarañan con los ideales auténticos para un fin de reivindicación.
Como no ocurre con muchas obras, antes de ser publicada, ya esta novela había sido saludada con buen gesto por Miguel Gutiérrez en su libro de ensayos El pacto con el diablo, y leyéndola ahora por segunda vez, tengo que admitir que el maestro tiene razón. Sin llegar necesariamente a la excelencia, puesto que en algunas partes el trabajo se torna flojo y un tanto descuidado, La ciudad de los culpables es una buena bofetada literaria, por su entereza, por su fuerza expresiva, como para remover las flojas paredes del delicado y estético edificio escritural de los que se están tirando a la piscina últimamente a veces sin saber bracear.      

ArtículoAugust 10, 2007 3:44 pm

Días previos a caminar bajo el río Ouse que la llevaría a la muerte, Virginia Woolf dejó constancia en su diario: «la vida es una estrecha franja pavimentada al borde de un abismo». Las mariposas en su cabeza revoloteaban, aun cuando debía concentrarse en la escritura, y la desazón de molestar a su esposo la llevó a tomar una decisión que la venía rumiando desde hacía tiempo, mientras el juego de los adjetivos ya no la satisfacía del todo y una mano invisible le presionaba el cráneo en la soledad de su estudio con vista al jardín. Leer a Joyce había sido una experiencia reconfortante, pero mirarse a sí misma, al cabo de tantas palabras escritas y vueltas a escribir, contradecía su ánimo ambivalente en una hora en que esa franja delgada se tambaleaba cada vez más, turbándola con el vértigo de su propio descenso.

La tranquilidad burguesa no era suficiente, el orden en la cocina la incomodaba sobremanera, más aún por aquella lejanía que su frágil naturaleza le imponía, esa distancia natural de ubicarse a unos metros entre los apios y las cacerolas. La loza tal vez era más amigable, la cucharita en movimiento circular en el fondo de una sustancia, y el olor agradable que del humo surgía alimentaba la menuda entretención que, por un instante, le hacía olvidar esas pequeñas olas que la mareaban en el papel. En algún momento —pero no era frecuente— se preguntaba: ¿y si hubiera tenido hijos? Y pensaba en los críos de sus amigas y vecinas, a quienes por las tardes contemplaba, acercando su mano a los cabellos infantiles, a una mejilla sonrosada, a un codo magullado. Las sonrisas y los juguetes eran parte de un universo familiar que apenas intuía, envuelta en sus cambiantes ideas de mujer meditativa, cauta, sumida en su labor. Procrear no bastaba; crear, a veces, tampoco bastaba, si no se sentía lo suficientemente lista como para tener una jornada de escritura larga y tendida.

Los vacíos de la tinta goteando en alto eran su más terrible pausa, el no poder avanzar en el engarce de los vocablos, en la convivencia feliz de la palabra con el pensamiento, así que se reclinaba en el respaldo de la silla para cerrar los ojos y ver en la oscuridad, pero la oscuridad le traía un sinfín de telarañas que la sobresaltaban de inmediato. Salía entonces a caminar, a pisar las hojas secas sobre el grass que la conducían hacia algún recodo donde pudiera respirar tranquila, aspirando el perfume de un viento cálido que le bañara el rostro de paz, de suave ternura. Evocaba su propia infancia para darse valor, para encontrar en la memoria fugaz algún pasaje multicolor que la aliviara de tanta inquietud; pero las dagas internas que apuñalaban de improviso continuaban su lento trabajo de acabamiento, de minación.

La señora Dalloway era una buena compañía mientras no hubiera distracciones; con sus trazos medidos y desbordantes podía ser tan agradable como Katherine Mansfield burlándose de Joyce. Solo que en ocasiones ni con una ni con otra, ni con ambas juntas, se sentía a gusto. Entonces pensaba en su hermana Vanessa, con quien había vivido un buen tiempo en Bloomsbury; pensaba en ella y se tendía sobre la cama para mirarla frente a frente sin asomar en su faz expectante ningún gesto de vergüenza. Los ojos nítidos y confiables correspondían a los suyos en el suave tacto de las yemas, mientras el rostro engañosamente angélico de Vanessa se iba pareciendo poco a poco al de Vita Sackville-West, compañera ideal, e iba diferenciándose cada vez más al de su hermanastro George, el monstruo. Entre el miedo y la pasión, el deseo se imponía como una necesidad apremiante, aunque sin desesperación, como un llamado al cariño que fue trastocado con violencia y requiere de una cura eficaz, y las sábanas parecían ondear en la sonrisa quieta de dos almas solitarias nacidas de una misma fuente, las piernas traían consigo reacciones fáciles y rubicundas en la majestuosidad de la piel, y los labios inflamados, húmedos, torpes, hambrientos, asomaban a los otros con un sabor amargo a cosa escondida, mamá nos puede ver.    

Nada hubiera sido más perfecto que permanecer abrazadas una a la otra mientras el sol las eximía de todo rubor externo; nada, que eternizar ese momento en el que aún no aparecía Leonard (su esposo) ni Clive Bell (el marido de Vanessa), ni aun la propia Vita Sackville-West (amante y escritora). Pero el tiempo era un aguafiestas que lo mezclaba todo hasta enredar la vida misma en luz y oscuridad, un verdugo que mostraba el hacha de la caída (cuando ingirió somníferos para no despertar) y la volvía a esconder, mientras Orlando y Las olas ejemplificaban el fluir de la conciencia, y Flush corría libre en su imaginación tanto como en su prosa, y Una habitación propia la pintaba de cuerpo entero en su cuarto feminista, hasta que un día de marzo de 1941 salió de su casa a caminar, y siguió caminando hacia las aguas de un río que la recibió con un abrazo de explosión, pues se había llenado los bolsillos de piedras para hundirse cada vez más en este abrazo húmedo y liberador.

         

ArtículoJune 15, 2007 6:14 pm

Las historias de jóvenes siempre están plagadas de anécdotas, curiosidades, exabruptos, comportamientos acelerados que buscan abarcarlo todo, despuntar por encima de la gente adulta para, de alguna manera, sacarles la lengua ante tanta seriedad, tanta responsabilidad y el surtido de normas y reglas que imponen, a fin de seguir un lineamiento que mantenga al mundo en pie, sin tambaleos, y evitar que las cosas estén patas arriba. Nada es más suelto y libre que la juventud y la adolescencia que muestran, desde las propias entrañas y en la salutación de los poros, unas ganas enormes por vivir, por vociferar, por salir a la luz y dejar constancia de su presencia, aquella que es casi imposible de pasar inadvertida. Se dice, no sé si con razón, que esta es la etapa más feliz de la vida, que estos primeros años son los que mejor se disfrutan, pues no hay deberes estrictos que cumplir, ni trabajos que soportar, ni cuentas que pagar, por lo que la máxima preocupación se centra solamente en uno mismo, en la apariencia y en la actitud, en los conflictos de la personalidad, en los iniciales descubrimientos amatorios, y, sobre todo, en la camaradería.  Es aquí donde empiezan a formarse con mayor firmeza los lazos de amistad, los círculos de amigos, las manchas, los uña y mugre, y es aquí también cuando se toma muy en serio, se tiene bastante en cuenta la importancia de pertenecer a un grupo.

            Es en esta etapa justamente cuando se inicia Los buenos tiempos, la entretenida novela de Javier Bayly. El telón se abre para dar cabida a personajes variopintos como Naco, el Tetas, Carlitos Dalguán, el Chato, Benjamín Montes de Oca, el Cutras, sin contar con las chicas como Laura o Greta la argentina, que van apareciendo conforme el narrador (que no se dice su nombre, pero que, supongo, debe ser un alter ego del autor) va narrando los episodios que se aglutinan en pequeños quids para pintar un panorama juvenil con todos los ingredientes que este amerita. El juego está presente desde el principio, desde que Carlitos y el narrador van a pasar un fin de semana a Ancón y de pronto aparecen las abejas asesinas, es decir, unas adolescentes patinadoras que no hacen más que acalorar los ímpetus de los observadores para terminar acercándose a ellos imantadas por el fulgor de unas cervezas. Un porrito de por medio hacen de la abeja madre una chica superada y un inadecuado paleteo de un parrillero ebrio le otorga alas para salir volando, ofendida, y no volver a aparecer nunca más.

            Las relaciones en la novela se dan así, de manera ligera y fugaz; a excepción de la mancha, del grupito de amigos, las relaciones que el protagonista y sus compinches establecen son efímeras, aunque no exentas de intensidad y de ganas de prolongarlas para siempre. El amor, o mejor sería decir, el amorío, surge de una simple mirada, de un estudio detallado de las cualidades físicas de las chicas. Y es que allí todo es atracción, libido, hormonas intranquilas que es preciso aplacar. Laura viene a nosotros en la bahía de Paracas, tras los ladridos de Muchacho, un perro pendenciero que suele arrinconar a las «victimas» para llevarlas hacia la casa donde están los verdaderos muchachos, ansiosos de chicas, y esta con sus amigas caen como blancas palomas derechito a la piscina, donde se inicia el juego del caballito en el que las chicas terminan por despojarse de los bikinis, y se aproximan a un trago desconocido y recién inventado llamado Fray Angélico.

            Los plagios en el salón de clases, como en todo colegio, también ocurren en la novela, pero lo más curioso es que la obtención del examen días previos por parte de Naco queda en el misterio. Al final, lo único que importa es aprobar, y las artimañas que se hagan para conseguir una nota sobresaliente no interesan. Cuando los personajes están a punto de acabar el colegio, esa parece ser su máxima preocupación, y hacen trampa de lo lindo gracias a una misteriosa mano samaritana. Una vez salidos del colegio y estando ya en la universidad, otros son sus intereses, aunque sin perder de vista la juerga y la diversión que se corona con un accidentado viaje a Máncora, en el que conocen a unas argentinas despampanantes (como todas las chicas de la novela) y así tan fácil como las conocen y se enredan con ellas, así también se van, dejándolos colgados para recibir el año nuevo.

            La novela termina con el adiós de esos «buenos tiempos», puesto que la incipiente madurez entra a tallar, se va asomando en los jóvenes protagonistas, cuyos encuentros son más distanciados, ya no existe la mancha del colegio, aunque hay todavía esporádicas salidas en una de las cuales el Chato, que es el fumón del grupo, alucina en su vuelo humístico ver a Superman, y el libro acaba con un episodio elocuente en el que se deja ver la entrada ya en la adultez de estos personajes: el hecho de que uno de ellos se convierte en papá, lo que cierra con llave, deja en el pasado, la distracción de los «años maravillosos»,  sin preocupaciones serias, para dar la bienvenida a los años de la responsabilidad.

            Los buenos tiempos es un ejercicio de entretenimiento y soltura, un capítulo de un estado de vida en el que pareciera tenerse el mundo a los pies. El autor es hábil en las descripciones, preciso en los perfiles, lúdico en los acontecimientos, y hace alarde de un juego narrativo en donde lindas patinadoras pueden ser abejas asesinas, o el rito de la seducción puede convertirse en una cacería hasta la muerte. Javier Bayly nos muestra en su novela a una juventud que, a pesar de todas sus mataperradas, es sin embargo un tanto ingenua y sin malicia, pero destaca asimismo lo mejor de ellos por encima de sus locuras. Por momentos, como lectores, somos parte de ellos, nos apropiamos de su visión irónica y jovial, de su lenguaje característico, de las ansias por conseguir algo. Dentro del texto narrativo los acompañamos en sus líos y picardías con cierta nostalgia, ya que el tono del libro vislumbra un acabamiento inevitable, el fin de las experiencias contadas, la recta hacia adelante que solo deja el consuelo de la evocación. Los buenos tiempos es una novela que retrata a una juventud con todas sus alegrías y contradicciones, pero que a la vez incide en lo efímero del instante, en lo pasajero que es el tiempo, pues las aventuras del Tetas, del Cutras, del Chato y de los demás no habrán de repetirse ni durar para siempre.

ArtículoMay 4, 2007 4:28 pm

La vida de los escritores está plagada muchas veces de anécdotas, impresiones y circunstancias que perfilan una forma particular de ver el mundo. Que nacen con un signo inequívoco señalándolos desde la infancia, es probable en ciertos casos, mientras que, en otros, hace falta el fogonazo predestinado, aquel episodio motivador que inocule el virus artístico y creativo que hay en todo escritor e inicie el camino literario hacia su consecuente destino. Si bien los conocemos por intermedio de sus obras, es a través de los rasgos vivenciales que podemos entenderlos y volcar hacia ellos nuestra simpatía o indiferencia. La obra vale y se defiende por sí misma; pero el influjo de la existencia diaria del que escribe se filtra inevitablemente en el resultado, sea a la hora de fijar el tema como en el modo de enfrentarlo. Kafka tal vez no habría escrito lo que escribió si no hubiera padecido de tuberculosis; Flaubert quizás no habría modelado a Madame Bovary de la manera como lo hizo si en su alma calenturienta no hubiera anidado un fetichista. El trabajo meticuloso de un Marcel Proust por describir paso a paso la forma y el sabor de una magdalena no es gratuito; su naturaleza débil y enfermiza debió haber condicionado aquel interés por retener el tiempo.

Todo acto de creación tiene un arma de doble filo: por un lado, la satisfacción de dar vida a algo que surge de la nada, que aparece como por arte de magia a través del pensamiento y de la imaginación, y, por otro, el dolor del alumbramiento en el cual se deja no solo el sudor del esfuerzo volcado sino también parte de uno mismo. Escribir con pasión es la tarea más ardua y alucinante a la vez, porque al introducirse en el terreno de la ficción, al andar por un universo paralelo al real de todos los días, estrujamos los sentidos, los sometemos a pruebas de resistencia en donde deben lidiar con fantasmas y demonios para salir airosos o morir en el intento. Y mientras creamos personajes, mientras imaginamos situaciones, recreamos y reinventamos el mundo para verlo de otra manera, aunque estos personajes y estas situaciones provengan del fruto de la realidad. De allí entonces que la literatura sea como un espejo donde nos miramos a nosotros mismos sin reserva alguna, con nuestras alegrías y pesares, con nuestros anhelos y sinsabores, encontrando en la escritura tal vez las respuestas que no podemos hallar en el diario vivir. Los libros, al tiempo que son fuentes de conocimiento, sirven asimismo para tocar fibras que emocionan y conducen a algo, que motivan una reacción. Un libro es un ser vivo que despierta con la lectura del lector.

Leer es tan emocionante como escribir, es meterse en un ámbito donde todo puede suceder, es dar uso al entendimiento para, a través de las palabras, recorrer un espacio imaginativo fuera de toda medida, es liberarse de ataduras para saborear las cosas que el escritor nos quiere dar como una fruta recién lavada que, a veces, será dulce y, otras, amarga. Ingresar a la lectura es como abrir una puerta de una casa desconocida porque no sabes qué vas a encontrar, y el escritor, en ese sentido, es el primer visitante, el primer lector de sus propios escritos. Escribir es olvidarse del mundo que nos rodea, es navegar por un lago que se nos presenta claro o sombrío conforme nadamos, y mientras estamos allí nada puede ser más importante que escribir, nada nos hará desistir porque ese momento de concentración nos hace inmunes a cualquier ruido exterior. Puede haber un terremoto, afuera el mar se puede estar saliendo, el techo puede estar a punto de caerle en la cabeza, pero el escritor seguirá escribiendo en su loca tarea de crear mundos ficticios. Por más que lo zarandeen, por más que se esfuercen en distraerlo, en hacerle ver que existen otras cosas, el escritor no se moverá, se mantendrá en sus trece, si es consecuente con su vocación, hasta que haya terminado con lo que se propone hacer, sea el resultado final bueno o malo. Y es que el bichito de la creación, el virus inoculado, es una cosa seria y complicada que hasta el propio escritor no sabe cómo controlarlo. Tal vez no exista un antídoto especial para eso, pero mientras el escritor continúe infectado, habrá más escritura, más ansias de expresión y más libros.

Al embarcarnos en la aventura de escribir un libro, nos sometemos a todos los síntomas de esta enfermedad creativa, nos inyectamos diariamente de la dosis que nos hará adictos a la escritura y «padeceremos» de sus efectos durante días, meses, incluso años, en los que nuestra mente estará fija en un solo punto. La «rehabilitación» vendrá después (si se da), al término del viaje absorbente y esforzado, cuando salgamos de ahí con un aura distinta, con los rezagos de un espíritu incandescente. Algunos emergerán de una manera o de otra, dependiendo de cuán profunda haya sido su entrega; pero lo bueno de todo ello es que la escritura es el único vicio que no es nocivo; al contrario, es alimento nutricio para el cerebro reproductivo, abono para el campo fértil, agua para el sediento. Quien se envicia con esto no se pierde, se libera; no agoniza, revive; no se convierte en un despojo humano, se vuelve más bien un individuo particular que, despertado por las palabras, trabaja ahincadamente con la esencia del ser humano.

ArtículoMarch 30, 2007 6:11 pm

Un sueño recurrente en mí cuando anhelaba ser escritor, era aquel en el cual entraba a una importante editorial, dejaba mi manuscrito en la recepción y, al cabo de unos días, me llamaban por teléfono para decirme que habían aceptado el libro y lo iban a publicar. Con esa idea ingenua —ahora lo sé—, anduve con mi primer escrito bajo el brazo (un volumen de cuentos titulado, por sugerencia de Oswaldo Reynoso, El puente de las libélulas), esperando que las cosas se dieran como deberían darse, hasta que me topé con la cruda realidad de las pequeñas editoriales peruanas que, si apuestan por algo, es en principio por una mínima ganancia al editar los libros. Con esta perspectiva, mucho más tarde me di cuenta de lo fácil que podría resultar ser editor: uno simplemente idea un sello, arma un logotipo, convoca a todo aquel que quiera publicar y cobra el costo de la edición más la correspondiente sisa. De esta manera, todo el mundo sale ganando: el editor, que por algo cuesta su trabajo, no faltaba más; el escritor, que ve publicada su obra, aunque deba pagar por ella, y los lectores, al descubrir un nuevo miembro en el azaroso mundillo literario.
Esta situación, más que excepcional, aquí en el Perú es casi una regla, tanto así que hasta poetas reconocidos como Rossella di Paolo debe juntar su plata para sacar un poemario. Pero una cosa es publicar una obra medianamente aceptable, si se quiere, con suficientes o aproximados méritos para merecer el homenaje de convertirse en libro, y otra muy distinta publicar por publicar, porque se tiene el dinero necesario y la poca vergüenza para hacerlo, como ocurre con ciertos mamarrachos que salen a la luz irresponsablemente. En algunos casos, al editor le importará un pepino si la obra es buena o mala, con tal de recibir el efectivo acordado (que, en ocasiones, subirá de acuerdo a la cara, al estatus, o cuán malo es el texto), creyendo que con eso le hacen un flaco favor al errático «cliente», mientras que son muy pocos, poquísimos, los que, conscientes de su labor cultural, realizan un trabajo serio que se acerca al de un verdadero editor: leer, opinar y, si halla un ápice de calidad en la obra y le ha gustado, publicarlo CON SU DINERO, correr por su cuenta con toda la parafernalia editorial y pagar al escritor su derecho de autor.
Con las excepciones del caso (no hablo tampoco de los dos o tres emporios editoriales que se han asentado aquí y cumplen con los requisitos), las editoriales pequeñas tienen que sobrevivir a salto de mata, ganando clientela a codazo limpio, sin escatimar esfuerzo para captar sobre todo a los «primerizos» y hacerles ver que deben ganarse su entrada al terreno de los éditos abonando su «derecho de piso». Si mal no recuerdo, mi derecho de piso fue en dólares y con una ilusión tan cándida en el alma que apenas si me dio tiempo para regatear ante la fuerza convincente de Jorge Luis Roncal, el editor de Arteidea, quien no dio nunca su brazo a torcer.
Pero por encima de todo ello, también existen editoriales que apuestan por un sueño, que a veces salen de cuadro con ideas un tanto descabelladas para algunos pero llenas de buena intención, como es el Fondo Editorial Cultura Peruana, dirigida por el enigmático Jorge Espinoza Sánchez, a quien se le ocurrió sacar al mercado libros de a sol. Cuadrando cuentas, sumando cifras, haciendo cálculos (en los que, por supuesto, no era nada «rentable» hacer semejante proyecto, pues no produciría al parecer «buenas ganancias»), a nadie de los que publican le hubiera pasado por la cabeza bajar tanto el costo de venta del libro. Sin embargo, este editor ostentoso lo hizo y tuvo una acogida muy buena, al principio, al promocionar su serie PERÚ LEE (donde publica solo a autores peruanos), llevando a plazas y parques una lectura de acceso para las grandes mayorías. Como era de esperarse, luego vinieron cabes y obstáculos, dimes y diretes, puesto que el inquieto personaje con su arriesgado atrevimiento (el término lavaclean sale a relucir en la comidilla de los suspicaces) estaba malogrando la plaza. Pero eso es otro cantar.
Lo que queda claro es que este tipo de proyectos se pueden hacer, que si hay incentivo y motivación, sensibilidad y camaradería, el editor puede ser en verdad editor, y el escritor en verdad escritor, con los mínimos derechos que su posición lo exige. Solo es cuestión de actitud, y no creer que hacer algo así es cosa de locos, ya que de todo ello siempre emerge una lección. Harold Alva, que participó del proyecto inicial (yendo a los periódicos, entrevistándose con Nicolás Lúcar en la radio), después creó su propia editorial, Zignos, y publicó lo que, a su juicio, era relevante (con un lunarazo que ahora no es necesario resaltar), editando una buena cantidad de libros y difundiendo el trabajo de otros, con un criterio de eficiente calidad, al extremo de que puede rechazar textos que no le gustan, como el de este poeta mediocre, un tal Valderrama, cuyo único talento es deslumbrar a incautas enamoradas chimbotanas para que le den el dinero de la publicación, y que de la mano de un generoso Víctor Coral se sintió ya publicado.  
En todo caso, lo más importante es escribir que publicar, saber que se elabora una obra para que luego, por añadidura, sea difundida, sobre todo si el trabajo ha demandado tiempo y esfuerzo, como una vez me lo hizo notar Oscar Colchado, cuando me negaba un tiempo a la exposición. Pero lo crematístico, valgan verdades, a la hora de los loros es fundamental, o, debería decir, fatal para los que desean ver editada su obra y no encuentran mecenas por ningún lado. En último término, si uno se muere por publicar, aún queda el recurso de autoeditarse, un método más práctico y ahorrativo que hará enojar y poner verdes o morados a quienes quieren ganarse «alguito» con la pluma de los buenos y puntuales contribuyentes.

 

OpiniónFebruary 9, 2007 7:07 pm

Ser escritor en el Perú es un reto, una osadía, es apostar por un horizonte incierto, por una vocación que algunas veces puede traer efímeras recompensas, pero que exige —más que otras disciplinas, oficios o profesiones— una entrega absoluta, un sacrificio en descuido de otros quehaceres, una fidelidad a prueba de balas. En una sociedad donde el nivel de lectura es ínfimo, donde los sueldos mayoritarios apenas si alcanzan para la canasta familiar (y, por lo tanto, ni para gastar en la compra de libros), donde el índice de pobreza y desempleo registra cifras desalentadoras, ¿a quién se le ocurriría ser escritor? Solo a los locos, a los despistados, a los románticos. Ser escritor en el Perú es un pequeño lujo que uno se da a sí mismo, un íntimo harakiri visto con extrañeza por los demás, puesto que aquí en el Perú ser escritor es una excentricidad, un capricho, una rebeldía contra los oficios «de verdad», un desliz, una pérdida de tiempo.

            Cuando a alguien se le ve leyendo (fuera de los libros que exige el colegio, la universidad o el trabajo), es común decir que está «holgazaneando»; cuando alguien evita el televisor o la radio y prefiere salir a la terraza con un libro en la mano, el gesto común de los que se entretienen «de forma normal» es del índice sobre la sien en un movimiento de tornillo. ¿Y qué decir de los que todo el día están pegados al teclado? ¡Esos sí que son unos tremendos vagazos! Un amigo me contaba que, en una ocasión, hablando con un taxista (los taxistas en el Perú son los más cultos y preparados, pues son ingenieros, arquitectos, médicos, abogados sin ejercer, cachueleando), este le preguntó a qué se dedicaba y cuando mi amigo le dijo que era escritor, una sonrisa irónica cruzó la faz del profesional desempleado, antes de replicar: «No, pues, señor, ¿en qué trabaja?».

            He tenido dificultades a veces en decir lo que hago, sobre todo en ambientes donde la frivolidad es la marca que separa a unos de otros; pero de todas maneras no cae nada mal este supuesto «hobby» que sirve de «distracción» a los que paran en las nubes y no saben hacer otra cosa. Sin embargo, escribir es lo más difícil del mundo, es lo que convierte al hombre no solo en un fabulador sino en un ser pensante, es expresar la voz y la esencia de lo humano. Quien se dedica a esta profesión (porque es una profesión, déjense de vainas, aunque estemos en el Perú) carga sobre sus hombros una responsabilidad de importancia: ser las antenas, los ojos, la mente de la sociedad. Y si bien es cierto que nadie «nos paga» por escribir, que simplemente escribimos por un impulso natural, por una necesidad de expresión, de decir algo, también es verdad que esa «no remuneración» hace tambalear la vocación de muchos, algunos de los cuales terminan por claudicar.

            Es que son muchos los que toman esto no con la seriedad que deberían hacerlo, sino como un reinado de belleza; es decir, anhelan la corona del reconocimiento, de las entrevistas, de salir en las páginas culturosas, y todo el tiempo están enfocados en eso, no hacen más que soñar con eso, vivir para eso. Ese es su fin, esa su meta, y no el de dejar un legado escrito, una obra seria y consciente. De modo que si, pasado un tiempo, no llegan a conseguirlo, se derrumban cual castillo de naipes, como si aquello fuera el objetivo de la literatura. Los periódicos y las revistas, tarde o temprano, terminan en los baños, en los almacenes de desperdicios, en los camales, en las pescaderías para envolver pescado. Es verdad que la nota coyuntural levanta el ego, hace sacar pecho a quien es ocasionalmente atendido; pero eso no lo es todo. La auténtica vocación está por encima de halagos, y aunque estos te ayudan a seguir adelante, te animan y te motivan, son solo empujones que hasta uno mismo se puede dar.

            Lo primordial es asumirse como escritor, la terquedad de continuar en la brega, aunque estemos en un país que pone cabe a sus creadores. «Nadie que tome en serio la literatura en el Perú se sentirá jamás en su salsa», decía Vargas Llosa hace años, y su alocución podría servir muy bien ahora, «porque la sociedad lo obligará a vivir en una especie de perpetua cuarentena». Es menester entonces no desalentarse tan fácilmente, crear su propio espacio, confiar en lo que se hace, con la única convicción de ser consecuentes consigo mismos, por más que el ambiente sea el menos propicio para un escritor. En una reciente entrevista, Mario Bellatin contaba su deseo de irse del país cuando vivía aquí. «En el año 86 me fui a vivir a Cuba, y solo entonces pude decidir ser escritor», dice. «Aquí en el Perú no podía tomar esa decisión, siempre era escribir en paralelo a otras cuarenta actividades y a los problemas económicos; aunque debo aclarar que no solo eran razones económicas las que me impedían ser un escritor en el Perú; había algo más, algo inmaterial, una esencia que apartaba al escritor del seno de la sociedad peruana. Eso era lo que me hacía mucho daño». Luego regresó en el año 90 y estuvo cuatro años en Lima «y después de eso me fui definitivamente para no volver más. Yo vine al Perú desde muy niño, pero siempre quise volver a México. Era mi tabla de salvación. Cada vez que pasaba algo terrible me decía: ´Algún día voy a volver a México´». Y el pobre finalmente se fue, y es probable que ahora se sienta mucho mejor.

            Entretanto, aquí quedan los fajadores para enfrentarse a la realidad, y en el fondo hasta resulta entretenido tener que sortear obstáculos y gollerías, ver cómo el cotarro literario se folcloriza con especimenes advenedizos, ser testigos de discusiones bizantinas, leer pachotadas en las páginas culturales de los diarios, estar de acuerdo o no con un flamante gremio de escritores… Como se puede ver, el  aburrimiento no es parte de nuestra comunidad literaria; pero por debajo de todo eso hay que encontrarle un sentido, un orden, una razón, al hecho de ser escritor, y más exactamente un escritor peruano viviendo en el Perú, cuya situación no me van a decir que es igual a la de sus pares europeos o norteamericanos. En suma, lo que se quiere, es lo que encontró Bellatin en Cuba en el 86, sin que sea necesario ir al extranjero, ni ser Bellatin: un espacio social para alguien que quiere ser escritor, un poco de sensibilidad y, sobre todo, un poco de respeto, ante el individuo que, como apuntaba Sebastián Romero-Buj refiriéndose al escritor latinoamericano, «es él frente a los otros, entre los otros, en lucha por su definición y en una búsqueda de su aceptación».