ArtículoJanuary 26, 2007 8:10 pm

Es bien sabido que en la época en que Chocano era «el cantor de América, autóctono y salvaje» y declamaba sus poemas con toda la exuberancia y majestuosidad de un papagayo, a Vallejo lo tenían en un rincón sin darle demasiada importancia, ignorando aún el virtuosismo y maestría literarios que, con el tiempo, y a medida que se descubría la grandeza de su poemática, dejaría atrás a sus coetáneos. ¿De qué le sirvió al vate que se equiparaba con Whitman tanta alharaca delante de un público que se rendía ante un engañoso lirismo? Ninguno de sus actos fue suficiente para conseguir esa trascendencia que el «cholo», en cambio, obtuvo sin necesidad de mucho trino y aspaviento. La vanidad colmó de tal modo a Chocano que Fiat lux!, pronunciado por sus propios labios, era como un mejunje edulcorado que menoscababa la seriedad de su obra.

De igual manera, aunque salvando las distancias, en la actualidad existe una cofradía de seres que participan en recitales, conferencias, presentaciones de libros y demás actos públicos, carentes de toda modestia y llenos de un ego exacerbado que no les permite ver su verdadera situación. Si en psicología, para este tipo de comportamientos, hay un término específico que condensa esa ceguera obsesiva ante cualquier realidad extrínseca, en el ambiente literario la cosa podría reducirse a la palabra «posero», la cual encierra el impulso de llamar la atención a toda costa, haciendo para ello alguna barbaridad digna de triste recuerdo.

Hay también de los que, conscientes de sus limitaciones, se apoyan en recursos fuera de foco para ser conocidos, escuchados o vaya a saber qué, y organizan eventos, tertulias, té de tías, en los cuales hasta podrían cortarse las venas si es necesario, con tal de que se fijen en ellos. Sin embargo, resulta muy penoso ver que tipos que apenas si saben borronear algunos versos primariosos, tengan unas ínfulas de literatos con pipa y miopía añadida y muestren sus textos sin la vergüenza apropiada del que está haciendo el ridículo. Solo les falta estamparse un cartelito en la espalda que diga «escritor» para completar el papelón que, no obstante, no logran percatarse ni aun cuando se les pone en evidencia. Hasta qué punto llegará este impulso difícil de controlar, que uno puede toparse con alguien que, al momento de presentarse, te muestre su tarjeta personal en la que aparece, debajo del nombre, la palabra «poeta», o te apabulle con una lectura (que nadie le pidió) de sus escritos en sendos papeles fechados que a lo sumo producen un malestar gástrico y nada más.

Una falta total de autocrítica se nota en este clan de desubicados, quienes irrumpen en la literatura al guerrazo, con las armas que solo su medianía los puede justificar. Para colmo, algunos hasta se creen «malditos» y se ufanan de su sordidez y decadencia como una virtud que solivianta un soterrado complejo de inferioridad, impidiéndoles competir, desde su perspectiva, con el resto de los mortales. Según este canon, para ser poeta o narrador, es requisito indispensable tomarse sus chelas, haberse tirado a varias chicas y mandar al diablo todo aquello que impida una libre sobriedad de acción y reflexión, cuando en realidad de lo que se trata es de obtener un conocimiento esencial, una lectura sostenida y consistente, y la disciplina, el esfuerzo y la dedicación para cargar con un trabajo serio, absorbente, sin bulla ni campanilleo, frente al reto de la palabra.

Algo de humildad no caería nada mal en este terreno al que algunos se aferran como si se tratara de un caso de vida o muerte, anteponiento el personalismo, la autopromoción, el marketeo estudiado para ganar adeptos aunque no los hayan leído, para reclutar auditorios deslumbrados por los fuegos de artificio, dejando a un lado lo que verdaderamente cuenta: la obra, el trabajo creativo por encima de posturas, simpatías y carismas. Octavio Paz, refiriéndose a Pessoa (a propósito de sus heterónimos), escribía: «Su historia podría reducirse al tránsito entre la realidad de su vida cotidiana y la realidad de sus ficciones. Estas ficciones son los poetas Alberto Caeiro, Alvarado de Campos, Ricardo Reis y, sobre todo, el mismo Fernando Pessoa. (…) Todo esto —como su soledad, su alcoholismo discreto y tantas otras cosas— nos da luces sobre su carácter pero no nos explica sus poemas, que es lo único que en verdad nos importa». Así también, al término de las figuraciones y los malabares, luego de la estridencia y las mímicas forzadas, habrá de quedar la visión límpida en la que se descubrirá por fin, y con el mínimo riesgo de equivocación, el auténtico color del arco iris.

Artículo 7:54 pm

Un hecho insignificante puede bastar para dar rienda suelta a la imaginación, y, por consiguiente, a la escritura. La chispa surge de la visión primera, del golpe en la reminiscencia o en la desnuda inventiva, mientras poco a poco se va abriendo un camino, el inicio de las imágenes cabalgando hacia la claridad que luego será palabra y, finalmente, voz. De esta voz se desprende el tono con el cual sabremos qué nos desean comunicar, cuál es la intención, por qué describen y muestran tal cosa, para luego salir de la lectura como del fondo del agua emitiendo emoción o bostezo, según la sensibilidad de cada quien. A este mundo de ficción se ingresa (o se debería ingresar) con los brazos abiertos, sin ningún reparo, listos a dejarnos envolver por lo que allí se dice, en un estado de absoluta entrega a fin de transformar el texto en cuadro y el cuadro en vivencia. Solo así llegamos a disfrutar realmente de aquel universo que respira fuera de toda medición cronológica, más allá de los sabores o sinsabores de la realidad de carne y hueso.

Pero la cultura audiovisual de nuestros tiempos llama a la complacencia, deleita los sentidos y economiza el esfuerzo; la atención es reemplazada por la rapidez, el razonamiento por la habilidad, y lo voluminoso disminuye cada vez más hacia lo compacto. Ya no veremos los grandes tomos de León Tolstoi o de Balzac, pues el lector de hoy no es el mismo que el de ayer, y la obra por tanto se ve sometida a modificaciones y escrutinios, al igual que los cambios ocurridos en las ciencias. De manera que, así como es necesario la supresión o aumento de ciertos vocablos y signos ortográficos en las nuevas ediciones del Diccionario, por tratarse de términos caducos o en desuso, del mismo modo la estructura de la novela ha venido mudando con los años, de acuerdo a la óptica de cada autor. Y aunque Milan Kundera reivindique la modernidad de algunos escritores de siglos pasados, el arte novelesco de éstos es visiblemente distinto al de aquél, que gusta mezclar ensayo con narrativa, dentro de un marco de unión entre ambos tipos de escritura.

Si antes se buscaba la totalidad en un libro, la representación casi al espejo del mundo real a través de uno ficticio, ahora basta con el fragmento para insinuar el gran plano general que se desea mostrar. De esta forma, como la tajada de la torta en cuyo sabor está inmerso el gusto del pastel entero, no hace falta ofrecer todo si con un trozo es suficiente. Lo dijo también Susan Sontag: «El arte del fragmento, que incluye la solicitud de un ‘discurso’ fragmentario, está concedido para no impedir la comunicación sino para hacerla absoluta». Es decir, para muestra solo necesitamos el botón. De lo demás, que el lector se encargue. Sin embargo, lo complicado es cuando de ese fragmento queremos hacer una serie de fragmentos, con lo cual ya no solo tenemos subfragmentos sino viñetas que dificultan un poco la lectura convencional.

El ahorro de tiempo en estos tiempos apurados, hace que ya nadie se vaya por las ramas, que aquel que desea mostrarnos algo concretice de inmediato, nos lleve de frente al grano, por lo que estas expresiones de Borges, de 1941, resulten ahora más actuales que nunca: «Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario». Pero ojo que tampoco se trata de compendiar y dar todo masticado, facilitarle la tarea al lector, como ya hemos visto en diversos textos ligeros, digeribles, inmersos en la cultura light, cuya ligereza y superficialidad dejan el valor del chicle que, una vez suprimido el dulzor, es esputado hacia el tacho de basura. Lo que se pretende es señalar claves, sembrar migajas de pan, ir por el camino de la sugerencia, dejando espacios abiertos para ser llenados, perfiles y sombras que oculten el rostro en parte de su totalidad, que induzcan al develamiento (de acuerdo a cada quien) de esa faz. Y una tarea así no necesita de las descripciones de antaño, de los diálogos expositivos, ni de la bajura de la palabra a su primitiva acepción. Un recurso adecuado es la imagen, la viñeta; ganar en profundidad e intensidad, más que en volumen y artimañas, sin olvidar desde luego la orfebrería en el lenguaje. De tal suerte que el resultado sea la huella digital y no el dedo; la marca del zapato y no el andante. Un proyecto de esta índole, por tanto, no admite fáciles engullimientos; no da su brazo a torcer. Pretende más bien el cambio de visor del lector común y silvestre, la vuelta de una mirada vertical hacia una horizontal, extensa y panorámica, aun con los pocos elementos que presenta.

Acostumbrados al orden consecutivo de las cosas, al interés de un acto engarzado con otro que conduce hacia una inevitable conclusión, el ver otro registro diferente que no sigue estas reglas, que se acomoda a la lógica de otro ritmo, puede complicar el esquema de la lectura habitual. Por eso la «historia» allí contada, será la historia de quien la lea, según su propia percepción, ya que en el texto mismo (y de lo que se desprenda de él) no hallaremos una verdad absoluta, solo los puntos a través de los cuales el autor ha levantado la estructura de su novela. De este modo, el círculo que cierra esta obra es medido por la multiplicidad de versiones e interpretaciones que hagan de ella, mucho mejor si son contradictorias. La amplia libertad que brinda la literatura, sobre todo en cuanto al arte de la novela (de la que hace años venimos oyendo de su defunción), permite, por el contrario, variadas posibilidades para experimentar, por lo que no es nada raro que continúe innovándose, ahora que la globalización acerca no solo culturas sino modos escriturales y la frontera entre el lector-hembra y el lector-macho cortazarianos se hace cada vez más remarcada.

Pullas 7:28 pm

Érase un poeta menor que se las daba de bacán, que creía ser el belcebú de una generación noventera, el heredero único de la palabra mal escrita, el plus ultra del verso de callejón.

Para él quedaban chicos los vallejos y los watanabes, a él no había que hablarle de minucias; su sola labia poética bastaba para dejar chiquitos hasta a los mismísimos Eguren y Martín Adán.

Su ego era tan elefantiásico que basureaba a quienes le decían que sus poemitas eran eso, simples poemitas, y andaba en busca de la gloria que, ¡desconsiderada!, le era esquiva, pero que algún día tenía que postrarse a sus pies.

Siempre supo que para llegar a tocar la punta del zapato de Rimbaud había que levantar la voz (aunque fuera desafinada); que había que hacer bulla, aunque en el fondo estuviera muriéndose de miedo ante sus falencias. 

Tenía muy claro que si quería ser el mejor poeta de los noventa, no importaba serlo sino parecerlo. Así que pensó que si alzaba la frente, si maquinaba un rollo anarquista, si soltaba por ahí alguna habladuría que lo colocara en una posición de Heraud trasnochado, de Gonzalo Rose en abstinencia, era posible que los incrédulos se lo creyeran.

Pero todo aquello no era más que fanfarria, castillos en el aire, utilería de programa cómico, pues en su fuero interno el poeta menor sabía que no podía competir con los de su generación, que era poquita cosa al lado de los verdaderos poetas que sí escribían poesía y tenían algo que decir.

Entonces, para no quedarse atrás, para no sentirse inferior a los ybarras o ildefonsos, lo que hacía era pagar para salir editado, para aparecer orondo junto a los vates que lo acogían por compasión y a quienes, por supuesto, les invitaba las chelas en cantidades como muestra de su agradecimiento.

El poeta menor, pobre, estaba ciego, vivía en la fantasía, en la nebulosidad del error; no sabía ni sospechaba siquiera que quienes tomaban con él le hacían caso solo para no perderse las botellas (¡ni cojudos que fueran!) y que ninguno le diría sus verdades en su cara pelada porque sería demasiado penoso arrancarle la sonrisa de poeta triunfador.

Hasta que un día alguien le dijo su verdad y entonces el poeta menor empezó a patalear, se cojudeó, se le subió la presión, sus sueños de ser el primer poeta presidente de la República se iban al agua. ¡Pero cómo, si él era el Walt Whitman del barrio, el Verlaine de la esquina, la Gertrude Stein de la generación pepsi!

De modo que ipso facto empezó a escribir una carta de desagravio, todo es falso, una calumnia, el señor miente, oh, dios mío, me va a dar un síncope; la envidia, la mala leche, los «insultos» y adjetivos son producto de la plebe literaria que no entiende a los iluminados, de los nadie que quieren ser como él, oh, pobre poeta menor, todos están contra él.

Sin embargo, ahora se vuelven a confirmar muchas cosas y el poeta menor, a pesar de eso, debe estar disfrutando de lo lindo al ver que algunos, por fin, hablan de él; debe estar gozando de que hayan pisado el palito, la celada que arrojó para ver si le ligaba, y hayan hecho caso a una bagatela intragable e insufrible cuya finalidad se ve consumada.

Pero sus réplicas lo pintan de cuerpo entero, dejan ver lo caradura que puede ser alguien que lo pillan in fraganti en su medianía y se hace el loco silbando para el otro lado. Y es tan mal lector, además, que ni siquiera sabe distinguir el sarcasmo de la ironía, la punzada de la sugerencia.

Artículo 7:07 pm

De ser una adolescente acomplejada por su gordura, su baja estatura, su tartamudez, Alejandra Pizarnik pasó a convertirse en la mujer iluminada que se aferró a las palabras para crear su propio personaje mítico en las tinieblas. Nacida en 1936 en un hogar donde se hablaba yiddish, nada hacía presagiar que aquella gordita asmática llena de acné, que se atiborraba de anfetaminas para bajar de peso y que sin embargo no podía evitar comer sándwiches de mortadela escondidos en el delantal, con el tiempo sería tocada por la mano seductora de la poesía, la cual le daría una vía de escape y, al mismo tiempo, una llave hacia la tortura. Desde que se supo virtuosa para este oficio, nadie la detuvo en su afán por llegar a ser bendecida, y para ello se fue amamantando de Rimbaud, de Lautréamont, de Artaud, e inició el recorrido escabroso para encontrar su auténtica voz que la llevaría inexorablemente hasta la muerte.     
            Con inestabilidades emocionales en el diario vivir, a los diecinueve años, con la plata del padre, publicó su primer poemario, La tierra más ajena, del cual abjuró, y luego dos poemarios de los que no estaba tan conforme, antes de viajar a París donde trabajaría en sus obras más viscerales. «Sé que soy poeta y que haré poemas verdaderos, importantes, insustituibles», escribió en una carta dirigida a su amigo León Ostroy, y agregaba: «Me preparo, me dirijo, me consumo y me destruyo. Tal vez si me encerraran y me torturaran y me obligaran mediante horribles suplicios a escribir dos poemas maravillosos por día, los haría». La suerte ya estaba echada para esta poeta intranquila y era imposible volver la vista atrás. En medio de esporádicos trabajos («sitios infames para ganarme el duro pan de cada noche») y estudios de literatura francesa, Alejandra fue incubando sus textos en los que «mis palabras suenan extrañas y vienen de lejos, de donde no es, de los encuentros con nadie». La tarea era ardua, pero ella no daba su brazo a torcer, no cejaba en su empeño, a la vez que sus desequilibrios empezaban a manifestarse y la «pequeña sonámbula» los consignaba en su diario: «Anoche tomé agua hasta las tres de la madrugada. Estaba un poco ebria y lloraba. Me pedía agua a mí como si yo fuera mi madre. Yo me daba de beber con asco», y días después escribía: «Desperté viéndome como un cuerpo sin piel, una llagada», sola en su domicilio parisiense.

Ya para entonces, tras varios años de ingerir pastillas para adelgazar, su cuerpo al fin había adquirido el volumen que esperaba, y solía andar en el departamento con ligeras ropas para contemplarse, sin dejar de anotar sus impresiones: «Me saqué los pantalones y subí a la silla para mirar cómo soy con el suéter y el slip; vi mi cuerpo adolescente; después bajé y me acerqué nuevamente al espejo: Tengo miedo, dije. Revisé mis rasgos y me aburrí. Tenía hambre y ganas de romper algo. Me dirigí a la mesa y quise escribir un poema pero temí aumentar el desorden de los libros y papeles. Me mordía los labios y no sabía qué hacer con las manos. Me asustaba saberme andando por la piecita desordenada, con la boca devorándose y la memoria petrificada».

Rigurosa en su labor literaria, no se daba un respiro para salir del abismo creador que se había impuesto, por eso cada vez era más dura consigo misma. Ni la amistad de Cortázar (con quien solía encontrarse a menudo), ni sus lecturas continuas y las traducciones que hacía lograban apaciguarla. Las exigencias por llegar a la exactitud sobrepasaban sus fuerzas. «Hablas literalmente», se reprochaba en su diario. «No obstante, se te comprende mal. Es como si la perfecta precisión de tu lenguaje revelara en cada palabra un caos que se vuelve más evidente en la medida en que te esfuerzas por ser comprendida». Las noches para esta dama solitaria indudablemente no tenían paz.

De regreso a Buenos Aires, Alejandra publicó lo que serían sus obras más celebradas, Los trabajos y las noches, Extracción de la piedra de locura y El infierno musical, pero su espíritu permanecía alterado, algo en ella iba cediendo a los desalientos, a las inquietudes, a pesar del reconocimiento que empezaba a cosechar, del halago y las palmas de que era objeto. «Tengo miedo», continuó anotando en su diario. «Todo en mí se desmorona. No quiero luchar, no tengo contra quién luchar». Su vida se partía en dos: por un lado estaba la poeta talentosa, leída, tertuliana; por otro, la mujer perturbada e inestable, sin dominio de sus propias sensaciones. El oficio de escribir ya era un arte familiar para ella; sin embargo, dejaba vestigios dentro de sí. En una de sus últimas cartas le confidenció a su «cercanita» Ivonne Burdelois: «Ahora sé un poquito más (por eso ya no me siento a la mesa y rumio horas y horas un adjetivo de algún poema). Sé un poquito más, comprendo algo más; y sí, es tan terrible y viviente y vibrante esto que alienta en esto que ahora soy. No sé en qué me he convertido». Y a esta dubitación se agregaba la dificultad de convivir con los demás, que ya la había hecho notar en su diario cuando confesaba «este no saber dialogar, esta imposibilidad de acceder a los otros, sean personas vivas, sean autores. Esta imposibilidad de ver a los demás como seres humanos (nunca miro a los ojos de nadie o si lo hago es para buscar aprobación)».

Luz y sombra se intercalaban en Alejandra para llevarla de la quietud a la tormenta, del silencio al miedo, mientras la vida se le iba escapando de las manos y la realidad convencional jugaba con ella a las escondidas. Recibió becas, ganó concursos, era entrevistada en diarios y revistas, pero la que respondía y vivía todo aquello era el personaje, no la mujer que asistía a terapia y redactaba misivas a sus amigos para sentirse mejor. Hasta que un día no pudo más y preparó el ritual mortuorio de su despedida: una madrugada de septiembre de 1972 maquilló a sus muñecas, escribió su último texto que al final decía «no quiero ir nada más que hasta el fondo» e ingirió cincuenta pastillas de seconal que la condujeron en sueños a la eternidad. Alejandra había cruzado el umbral de la noche sin retorno de la que tanto había escrito. Su evocación continua le abría finalmente los brazos para cobijarla en su lecho. Aquel último acto fue también su más caro poema. Ella, por fin, al igual que sus admirados Lautréamont y Rimbaud, se había convertido en una artista maldita.

Cartas 6:46 pm

Esta carta se la escribí a B. hace ya un buen tiempo:

«…Curiosa la forma con que dices algunas verdades, tus chispazos de lucidez, esa manera de sonreír con cierta indiferencia y dar en el clavo, justo allí donde no hay ni puede haber réplica, una verdad como la que soltaste mientras caminábamos por Javier Prado, del modo más sutil y contundente: nadie es sincero, y yo no tuve más remedio que aceptar, aunque no dijera nada; y entonces supe que éramos como espejos, que teníamos rasgos similares, algo que nos atraía y nos repelía a la vez. (…) Me pregunto qué va a pasar. Me veo en el espejo que eres tú, y no sé qué me da, un vuelco, una forma vaga, contradictoria, en la que ya no puedo imaginarte como una chica delgada, con el cabello negro y los ojos tristes tras unas gafas neuróticas…»

Artículo 6:33 pm

Así como el dadaísta Jacques Vaché, «maestro en el arte de dar poca importancia a las cosas», y orgulloso de ser inédito, pues siempre trató a puntapiés la obra de arte, «esa miseria que retiene el alma después de la muerte», el poeta César Ávalos, a punto de dar a luz un insólito libro, se reencarna en el espíritu de este destructor y suicida francés, y destila un limeñísimo esplín en un texto que llega a mis manos como un mensaje de botella. El sol lo abruma, aun teniendo una plaquette llamada Solar; la ciudad lo abruma, aun bautizándola con el nombre del cantante de The Smith. El poeta chapotea en el vacío y parece ahorcarse con su propio cordón umbilical. ¿Tanta percepción sensitiva en tan poco espacio? Si no lo conociera estaría en alerta; pero precisamente porque lo conozco es que me inquieta su poética grisura. Nadie mejor que él para arrojarse debajo de las llantas de una combi; nadie como él para sobrevivir a los locos que en verdad lo hicieron y ahora son solo aire, nube, melancolía.
Leer sus palabras es adentrarse en el fuego interno de un ser que respira en sangre viva, allí donde nadie desea estar; y él sin embargo se regodea en el miasma, se hinca a traición, quiere hacer real su dolor verdadero. «La literatura ya no calma», dice, «la lectura no sosiega, la escritura es vana y maldita». Sentado a la mesa de un bar, el poeta cumple su papel de bohemio, aunque el cliché para él no sea tal, pues hay autenticidad en sus movimientos, en su «casi rutina de borracho», arrastre inevitable de ser lo que se es. Aquí no asoma la pose de tantos vates indistintos que deambulan sin ton ni son; aquí se yergue el alma de un creador que se niega a publicar (aunque ya haya publicado), y resiste como valiente estas caídas mínimas en el mar de los éditos, al que no hubiera querido pertenecer.
Entre humo y espuma, comenta que publicar es cosa de vanidad, de levantar tal vez el ego alicaído, y en el fondo puede tener razón, siendo su convicción la de mantenerse incólume en su esencia de ser «poeta», por encima de escribir poemas. La «poesía» debe abarcar la vida misma, aunque carcoma poco a poco por dentro hasta llegar, en algunos casos, a la destrucción. «Si escribo esto es por desidia», dice en su texto, «pero nada ampara más al ocioso en su poca escritura que su propia validez de no querer ser nada». Besando el suelo, ¿para qué más sacudir las fibras de un hombre en su vacuidad? A estos infiernos enrumban ciertos poetas, sin importarles nada, echando por tierra cualquier tipo de figuración; en este barco están los verdaderos «escogidos», los que pasan transparentes por la vida, los que vibran en cada latido de existencia, los auténticos creadores soterrados a los que muchos ningunean.
Ubicado en el engranaje de los poetas ochenteros y noventeros, siendo una bisagra entre ambas generaciones, César Ávalos es testigo de excepción en esta fiesta de desbordes y velorios, de cultos poemáticos y cortadura de venas. De allí su tono oscuro en cada palabra escrita, aunque no dicha; su tono gris en el arte de los vocablos, aunque en la vida diaria otorgue de buena onda su gran amistad. Estos son los recovecos del poeta, no los malabares de los que sueñan con salir en Somos; en Ávalos no se siente la hipocresía propia de muchos integrantes de nuestro mundillo literario. A él en verdad le sorprenden los amaneceres, «estos autos en ruta, estas caras que viajan como yo de un lugar a otro, cada uno con su propio vacío, cada uno con su propia muerte a cuestas». Así define su tristeza desde lo extrínseco, el lastre de cargar una cruz, puesto que «se requiere mucho más esfuerzo para no escribir que para escribir». El desaliento lo invade, no hay señales en el camino. ¿Para qué sendos libros?, se pregunta, ¿para qué novelas, para qué poesía? Pero al final  de este mensaje en la botella, como queriéndose sacar una alimaña del cuerpo, el poeta enciende una luz en medio de tanta penumbra, cuando anota: «Y si cada día es más difícil vivir, ahí quiero estar, dual. De día para vivir y de noche para sobrevivir». Los dadaístas experimentaron la angustia y el desequilibrio que siguieron a la primera guerra, y su movimiento fue la búsqueda de una fórmula para poder vivir. Noventa y seis años después, César Ávalos siente algo similar, con características muy propias, luego de una guerra interna que trastornó y enlutó a miles de familias.
Arthur Cravan se burlaba de las librerías respetables vendiendo su revista Maintenant en un carrito ambulante que empujaba por la calle; nuestro poeta, en vísperas de la publicación de su libro Ningún lugar dentro, se burla a su manera de la algarabía del texto editado. Paradojas del destino, como un escupitajo al cielo vuelto a la cara, y que lo habrán de celebrar quienes lo conocen, que son muchos, tan distantes como cercanos… Santiváñez, Heredia, Virginia Macías, Vedrino, Ena Matienzo (¿dónde estás?), Elmo, Freyre, Abanto, Ildefonso…  Su llama habrá de convocar hasta a los finados, en estas cenizas de melancolía volcadas al papel que serán su testamento literario, aunque no lo quiera. Por eso, desde aquí, lo acompañamos en su tristeza.