Esta carta se la escribí a B. hace ya un buen tiempo:
«…Curiosa la forma con que dices algunas verdades, tus chispazos de lucidez, esa manera de sonreír con cierta indiferencia y dar en el clavo, justo allí donde no hay ni puede haber réplica, una verdad como la que soltaste mientras caminábamos por Javier Prado, del modo más sutil y contundente: nadie es sincero, y yo no tuve más remedio que aceptar, aunque no dijera nada; y entonces supe que éramos como espejos, que teníamos rasgos similares, algo que nos atraía y nos repelía a la vez. (…) Me pregunto qué va a pasar. Me veo en el espejo que eres tú, y no sé qué me da, un vuelco, una forma vaga, contradictoria, en la que ya no puedo imaginarte como una chica delgada, con el cabello negro y los ojos tristes tras unas gafas neuróticas…»
