Un hecho insignificante puede bastar para dar rienda suelta a la imaginación, y, por consiguiente, a la escritura. La chispa surge de la visión primera, del golpe en la reminiscencia o en la desnuda inventiva, mientras poco a poco se va abriendo un camino, el inicio de las imágenes cabalgando hacia la claridad que luego será palabra y, finalmente, voz. De esta voz se desprende el tono con el cual sabremos qué nos desean comunicar, cuál es la intención, por qué describen y muestran tal cosa, para luego salir de la lectura como del fondo del agua emitiendo emoción o bostezo, según la sensibilidad de cada quien. A este mundo de ficción se ingresa (o se debería ingresar) con los brazos abiertos, sin ningún reparo, listos a dejarnos envolver por lo que allí se dice, en un estado de absoluta entrega a fin de transformar el texto en cuadro y el cuadro en vivencia. Solo así llegamos a disfrutar realmente de aquel universo que respira fuera de toda medición cronológica, más allá de los sabores o sinsabores de la realidad de carne y hueso.
Pero la cultura audiovisual de nuestros tiempos llama a la complacencia, deleita los sentidos y economiza el esfuerzo; la atención es reemplazada por la rapidez, el razonamiento por la habilidad, y lo voluminoso disminuye cada vez más hacia lo compacto. Ya no veremos los grandes tomos de León Tolstoi o de Balzac, pues el lector de hoy no es el mismo que el de ayer, y la obra por tanto se ve sometida a modificaciones y escrutinios, al igual que los cambios ocurridos en las ciencias. De manera que, así como es necesario la supresión o aumento de ciertos vocablos y signos ortográficos en las nuevas ediciones del Diccionario, por tratarse de términos caducos o en desuso, del mismo modo la estructura de la novela ha venido mudando con los años, de acuerdo a la óptica de cada autor. Y aunque Milan Kundera reivindique la modernidad de algunos escritores de siglos pasados, el arte novelesco de éstos es visiblemente distinto al de aquél, que gusta mezclar ensayo con narrativa, dentro de un marco de unión entre ambos tipos de escritura.
Si antes se buscaba la totalidad en un libro, la representación casi al espejo del mundo real a través de uno ficticio, ahora basta con el fragmento para insinuar el gran plano general que se desea mostrar. De esta forma, como la tajada de la torta en cuyo sabor está inmerso el gusto del pastel entero, no hace falta ofrecer todo si con un trozo es suficiente. Lo dijo también Susan Sontag: «El arte del fragmento, que incluye la solicitud de un ‘discurso’ fragmentario, está concedido para no impedir la comunicación sino para hacerla absoluta». Es decir, para muestra solo necesitamos el botón. De lo demás, que el lector se encargue. Sin embargo, lo complicado es cuando de ese fragmento queremos hacer una serie de fragmentos, con lo cual ya no solo tenemos subfragmentos sino viñetas que dificultan un poco la lectura convencional.
El ahorro de tiempo en estos tiempos apurados, hace que ya nadie se vaya por las ramas, que aquel que desea mostrarnos algo concretice de inmediato, nos lleve de frente al grano, por lo que estas expresiones de Borges, de 1941, resulten ahora más actuales que nunca: «Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario». Pero ojo que tampoco se trata de compendiar y dar todo masticado, facilitarle la tarea al lector, como ya hemos visto en diversos textos ligeros, digeribles, inmersos en la cultura light, cuya ligereza y superficialidad dejan el valor del chicle que, una vez suprimido el dulzor, es esputado hacia el tacho de basura. Lo que se pretende es señalar claves, sembrar migajas de pan, ir por el camino de la sugerencia, dejando espacios abiertos para ser llenados, perfiles y sombras que oculten el rostro en parte de su totalidad, que induzcan al develamiento (de acuerdo a cada quien) de esa faz. Y una tarea así no necesita de las descripciones de antaño, de los diálogos expositivos, ni de la bajura de la palabra a su primitiva acepción. Un recurso adecuado es la imagen, la viñeta; ganar en profundidad e intensidad, más que en volumen y artimañas, sin olvidar desde luego la orfebrería en el lenguaje. De tal suerte que el resultado sea la huella digital y no el dedo; la marca del zapato y no el andante. Un proyecto de esta índole, por tanto, no admite fáciles engullimientos; no da su brazo a torcer. Pretende más bien el cambio de visor del lector común y silvestre, la vuelta de una mirada vertical hacia una horizontal, extensa y panorámica, aun con los pocos elementos que presenta.
Acostumbrados al orden consecutivo de las cosas, al interés de un acto engarzado con otro que conduce hacia una inevitable conclusión, el ver otro registro diferente que no sigue estas reglas, que se acomoda a la lógica de otro ritmo, puede complicar el esquema de la lectura habitual. Por eso la «historia» allí contada, será la historia de quien la lea, según su propia percepción, ya que en el texto mismo (y de lo que se desprenda de él) no hallaremos una verdad absoluta, solo los puntos a través de los cuales el autor ha levantado la estructura de su novela. De este modo, el círculo que cierra esta obra es medido por la multiplicidad de versiones e interpretaciones que hagan de ella, mucho mejor si son contradictorias. La amplia libertad que brinda la literatura, sobre todo en cuanto al arte de la novela (de la que hace años venimos oyendo de su defunción), permite, por el contrario, variadas posibilidades para experimentar, por lo que no es nada raro que continúe innovándose, ahora que la globalización acerca no solo culturas sino modos escriturales y la frontera entre el lector-hembra y el lector-macho cortazarianos se hace cada vez más remarcada.
