Es bien sabido que en la época en que Chocano era «el cantor de América, autóctono y salvaje» y declamaba sus poemas con toda la exuberancia y majestuosidad de un papagayo, a Vallejo lo tenían en un rincón sin darle demasiada importancia, ignorando aún el virtuosismo y maestría literarios que, con el tiempo, y a medida que se descubría la grandeza de su poemática, dejaría atrás a sus coetáneos. ¿De qué le sirvió al vate que se equiparaba con Whitman tanta alharaca delante de un público que se rendía ante un engañoso lirismo? Ninguno de sus actos fue suficiente para conseguir esa trascendencia que el «cholo», en cambio, obtuvo sin necesidad de mucho trino y aspaviento. La vanidad colmó de tal modo a Chocano que Fiat lux!, pronunciado por sus propios labios, era como un mejunje edulcorado que menoscababa la seriedad de su obra.
De igual manera, aunque salvando las distancias, en la actualidad existe una cofradía de seres que participan en recitales, conferencias, presentaciones de libros y demás actos públicos, carentes de toda modestia y llenos de un ego exacerbado que no les permite ver su verdadera situación. Si en psicología, para este tipo de comportamientos, hay un término específico que condensa esa ceguera obsesiva ante cualquier realidad extrínseca, en el ambiente literario la cosa podría reducirse a la palabra «posero», la cual encierra el impulso de llamar la atención a toda costa, haciendo para ello alguna barbaridad digna de triste recuerdo.
Hay también de los que, conscientes de sus limitaciones, se apoyan en recursos fuera de foco para ser conocidos, escuchados o vaya a saber qué, y organizan eventos, tertulias, té de tías, en los cuales hasta podrían cortarse las venas si es necesario, con tal de que se fijen en ellos. Sin embargo, resulta muy penoso ver que tipos que apenas si saben borronear algunos versos primariosos, tengan unas ínfulas de literatos con pipa y miopía añadida y muestren sus textos sin la vergüenza apropiada del que está haciendo el ridículo. Solo les falta estamparse un cartelito en la espalda que diga «escritor» para completar el papelón que, no obstante, no logran percatarse ni aun cuando se les pone en evidencia. Hasta qué punto llegará este impulso difícil de controlar, que uno puede toparse con alguien que, al momento de presentarse, te muestre su tarjeta personal en la que aparece, debajo del nombre, la palabra «poeta», o te apabulle con una lectura (que nadie le pidió) de sus escritos en sendos papeles fechados que a lo sumo producen un malestar gástrico y nada más.
Una falta total de autocrítica se nota en este clan de desubicados, quienes irrumpen en la literatura al guerrazo, con las armas que solo su medianía los puede justificar. Para colmo, algunos hasta se creen «malditos» y se ufanan de su sordidez y decadencia como una virtud que solivianta un soterrado complejo de inferioridad, impidiéndoles competir, desde su perspectiva, con el resto de los mortales. Según este canon, para ser poeta o narrador, es requisito indispensable tomarse sus chelas, haberse tirado a varias chicas y mandar al diablo todo aquello que impida una libre sobriedad de acción y reflexión, cuando en realidad de lo que se trata es de obtener un conocimiento esencial, una lectura sostenida y consistente, y la disciplina, el esfuerzo y la dedicación para cargar con un trabajo serio, absorbente, sin bulla ni campanilleo, frente al reto de la palabra.
Algo de humildad no caería nada mal en este terreno al que algunos se aferran como si se tratara de un caso de vida o muerte, anteponiento el personalismo, la autopromoción, el marketeo estudiado para ganar adeptos aunque no los hayan leído, para reclutar auditorios deslumbrados por los fuegos de artificio, dejando a un lado lo que verdaderamente cuenta: la obra, el trabajo creativo por encima de posturas, simpatías y carismas. Octavio Paz, refiriéndose a Pessoa (a propósito de sus heterónimos), escribía: «Su historia podría reducirse al tránsito entre la realidad de su vida cotidiana y la realidad de sus ficciones. Estas ficciones son los poetas Alberto Caeiro, Alvarado de Campos, Ricardo Reis y, sobre todo, el mismo Fernando Pessoa. (…) Todo esto —como su soledad, su alcoholismo discreto y tantas otras cosas— nos da luces sobre su carácter pero no nos explica sus poemas, que es lo único que en verdad nos importa». Así también, al término de las figuraciones y los malabares, luego de la estridencia y las mímicas forzadas, habrá de quedar la visión límpida en la que se descubrirá por fin, y con el mínimo riesgo de equivocación, el auténtico color del arco iris.
