Misiva que G. me escribió a la distancia, en otro tiempo y otro lugar:
«Este es el segundo intento de empezar a escribirte y no sé cómo hacerlo. Quizá deba saludarte primero, o tal vez sea mejor decirte que en estos días la imagen más persistente que he tenido es la de un muchacho de mirada entre distraída y penetrante, de labios carnosos que sólo por ratos dan cuenta de su existencia con sonrisas tenues, en medio de un rostro que invita a soñar con él. Aquel chico está junto a mí en el paradero. Me inquieta su mutismo; sin embargo, no quiero marcharme, tengo los pies engomados en la vereda. No podría irme, dejar que la noche se trague su figura mientras crecen los kilómetros que nos irán separando cada vez más. Imposible largarse así. Pero corren los minutos y se hace tarde, acaso tarde para amar. Por fin, me doy cuenta del papel estúpido, del drama sin sentido que pretendía hacer. Así que respiro un poco de valor y cierro el telón. Después de todo, es mejor dejar las cosas como están, ¿no? Tú creyéndome tu amiga, una amiga capaz de comprenderte, y yo, ídem. Como amiga, puedo ser para ti un refugio, una esperanza, un consuelo en el momento apropiado, y tú una tarde serena, tibia, un vientecillo que se lleve las lágrimas y con una suave caricia me invite a sonreír…»
