Un sueño recurrente en mí cuando anhelaba ser escritor, era aquel en el cual entraba a una importante editorial, dejaba mi manuscrito en la recepción y, al cabo de unos días, me llamaban por teléfono para decirme que habían aceptado el libro y lo iban a publicar. Con esa idea ingenua —ahora lo sé—, anduve con mi primer escrito bajo el brazo (un volumen de cuentos titulado, por sugerencia de Oswaldo Reynoso, El puente de las libélulas), esperando que las cosas se dieran como deberían darse, hasta que me topé con la cruda realidad de las pequeñas editoriales peruanas que, si apuestan por algo, es en principio por una mínima ganancia al editar los libros. Con esta perspectiva, mucho más tarde me di cuenta de lo fácil que podría resultar ser editor: uno simplemente idea un sello, arma un logotipo, convoca a todo aquel que quiera publicar y cobra el costo de la edición más la correspondiente sisa. De esta manera, todo el mundo sale ganando: el editor, que por algo cuesta su trabajo, no faltaba más; el escritor, que ve publicada su obra, aunque deba pagar por ella, y los lectores, al descubrir un nuevo miembro en el azaroso mundillo literario.
Esta situación, más que excepcional, aquí en el Perú es casi una regla, tanto así que hasta poetas reconocidos como Rossella di Paolo debe juntar su plata para sacar un poemario. Pero una cosa es publicar una obra medianamente aceptable, si se quiere, con suficientes o aproximados méritos para merecer el homenaje de convertirse en libro, y otra muy distinta publicar por publicar, porque se tiene el dinero necesario y la poca vergüenza para hacerlo, como ocurre con ciertos mamarrachos que salen a la luz irresponsablemente. En algunos casos, al editor le importará un pepino si la obra es buena o mala, con tal de recibir el efectivo acordado (que, en ocasiones, subirá de acuerdo a la cara, al estatus, o cuán malo es el texto), creyendo que con eso le hacen un flaco favor al errático «cliente», mientras que son muy pocos, poquísimos, los que, conscientes de su labor cultural, realizan un trabajo serio que se acerca al de un verdadero editor: leer, opinar y, si halla un ápice de calidad en la obra y le ha gustado, publicarlo CON SU DINERO, correr por su cuenta con toda la parafernalia editorial y pagar al escritor su derecho de autor.
Con las excepciones del caso (no hablo tampoco de los dos o tres emporios editoriales que se han asentado aquí y cumplen con los requisitos), las editoriales pequeñas tienen que sobrevivir a salto de mata, ganando clientela a codazo limpio, sin escatimar esfuerzo para captar sobre todo a los «primerizos» y hacerles ver que deben ganarse su entrada al terreno de los éditos abonando su «derecho de piso». Si mal no recuerdo, mi derecho de piso fue en dólares y con una ilusión tan cándida en el alma que apenas si me dio tiempo para regatear ante la fuerza convincente de Jorge Luis Roncal, el editor de Arteidea, quien no dio nunca su brazo a torcer.
Pero por encima de todo ello, también existen editoriales que apuestan por un sueño, que a veces salen de cuadro con ideas un tanto descabelladas para algunos pero llenas de buena intención, como es el Fondo Editorial Cultura Peruana, dirigida por el enigmático Jorge Espinoza Sánchez, a quien se le ocurrió sacar al mercado libros de a sol. Cuadrando cuentas, sumando cifras, haciendo cálculos (en los que, por supuesto, no era nada «rentable» hacer semejante proyecto, pues no produciría al parecer «buenas ganancias»), a nadie de los que publican le hubiera pasado por la cabeza bajar tanto el costo de venta del libro. Sin embargo, este editor ostentoso lo hizo y tuvo una acogida muy buena, al principio, al promocionar su serie PERÚ LEE (donde publica solo a autores peruanos), llevando a plazas y parques una lectura de acceso para las grandes mayorías. Como era de esperarse, luego vinieron cabes y obstáculos, dimes y diretes, puesto que el inquieto personaje con su arriesgado atrevimiento (el término lavaclean sale a relucir en la comidilla de los suspicaces) estaba malogrando la plaza. Pero eso es otro cantar.
Lo que queda claro es que este tipo de proyectos se pueden hacer, que si hay incentivo y motivación, sensibilidad y camaradería, el editor puede ser en verdad editor, y el escritor en verdad escritor, con los mínimos derechos que su posición lo exige. Solo es cuestión de actitud, y no creer que hacer algo así es cosa de locos, ya que de todo ello siempre emerge una lección. Harold Alva, que participó del proyecto inicial (yendo a los periódicos, entrevistándose con Nicolás Lúcar en la radio), después creó su propia editorial, Zignos, y publicó lo que, a su juicio, era relevante (con un lunarazo que ahora no es necesario resaltar), editando una buena cantidad de libros y difundiendo el trabajo de otros, con un criterio de eficiente calidad, al extremo de que puede rechazar textos que no le gustan, como el de este poeta mediocre, un tal Valderrama, cuyo único talento es deslumbrar a incautas enamoradas chimbotanas para que le den el dinero de la publicación, y que de la mano de un generoso Víctor Coral se sintió ya publicado.
En todo caso, lo más importante es escribir que publicar, saber que se elabora una obra para que luego, por añadidura, sea difundida, sobre todo si el trabajo ha demandado tiempo y esfuerzo, como una vez me lo hizo notar Oscar Colchado, cuando me negaba un tiempo a la exposición. Pero lo crematístico, valgan verdades, a la hora de los loros es fundamental, o, debería decir, fatal para los que desean ver editada su obra y no encuentran mecenas por ningún lado. En último término, si uno se muere por publicar, aún queda el recurso de autoeditarse, un método más práctico y ahorrativo que hará enojar y poner verdes o morados a quienes quieren ganarse «alguito» con la pluma de los buenos y puntuales contribuyentes.
