La vida de los escritores está plagada muchas veces de anécdotas, impresiones y circunstancias que perfilan una forma particular de ver el mundo. Que nacen con un signo inequívoco señalándolos desde la infancia, es probable en ciertos casos, mientras que, en otros, hace falta el fogonazo predestinado, aquel episodio motivador que inocule el virus artístico y creativo que hay en todo escritor e inicie el camino literario hacia su consecuente destino. Si bien los conocemos por intermedio de sus obras, es a través de los rasgos vivenciales que podemos entenderlos y volcar hacia ellos nuestra simpatía o indiferencia. La obra vale y se defiende por sí misma; pero el influjo de la existencia diaria del que escribe se filtra inevitablemente en el resultado, sea a la hora de fijar el tema como en el modo de enfrentarlo. Kafka tal vez no habría escrito lo que escribió si no hubiera padecido de tuberculosis; Flaubert quizás no habría modelado a Madame Bovary de la manera como lo hizo si en su alma calenturienta no hubiera anidado un fetichista. El trabajo meticuloso de un Marcel Proust por describir paso a paso la forma y el sabor de una magdalena no es gratuito; su naturaleza débil y enfermiza debió haber condicionado aquel interés por retener el tiempo.

Todo acto de creación tiene un arma de doble filo: por un lado, la satisfacción de dar vida a algo que surge de la nada, que aparece como por arte de magia a través del pensamiento y de la imaginación, y, por otro, el dolor del alumbramiento en el cual se deja no solo el sudor del esfuerzo volcado sino también parte de uno mismo. Escribir con pasión es la tarea más ardua y alucinante a la vez, porque al introducirse en el terreno de la ficción, al andar por un universo paralelo al real de todos los días, estrujamos los sentidos, los sometemos a pruebas de resistencia en donde deben lidiar con fantasmas y demonios para salir airosos o morir en el intento. Y mientras creamos personajes, mientras imaginamos situaciones, recreamos y reinventamos el mundo para verlo de otra manera, aunque estos personajes y estas situaciones provengan del fruto de la realidad. De allí entonces que la literatura sea como un espejo donde nos miramos a nosotros mismos sin reserva alguna, con nuestras alegrías y pesares, con nuestros anhelos y sinsabores, encontrando en la escritura tal vez las respuestas que no podemos hallar en el diario vivir. Los libros, al tiempo que son fuentes de conocimiento, sirven asimismo para tocar fibras que emocionan y conducen a algo, que motivan una reacción. Un libro es un ser vivo que despierta con la lectura del lector.

Leer es tan emocionante como escribir, es meterse en un ámbito donde todo puede suceder, es dar uso al entendimiento para, a través de las palabras, recorrer un espacio imaginativo fuera de toda medida, es liberarse de ataduras para saborear las cosas que el escritor nos quiere dar como una fruta recién lavada que, a veces, será dulce y, otras, amarga. Ingresar a la lectura es como abrir una puerta de una casa desconocida porque no sabes qué vas a encontrar, y el escritor, en ese sentido, es el primer visitante, el primer lector de sus propios escritos. Escribir es olvidarse del mundo que nos rodea, es navegar por un lago que se nos presenta claro o sombrío conforme nadamos, y mientras estamos allí nada puede ser más importante que escribir, nada nos hará desistir porque ese momento de concentración nos hace inmunes a cualquier ruido exterior. Puede haber un terremoto, afuera el mar se puede estar saliendo, el techo puede estar a punto de caerle en la cabeza, pero el escritor seguirá escribiendo en su loca tarea de crear mundos ficticios. Por más que lo zarandeen, por más que se esfuercen en distraerlo, en hacerle ver que existen otras cosas, el escritor no se moverá, se mantendrá en sus trece, si es consecuente con su vocación, hasta que haya terminado con lo que se propone hacer, sea el resultado final bueno o malo. Y es que el bichito de la creación, el virus inoculado, es una cosa seria y complicada que hasta el propio escritor no sabe cómo controlarlo. Tal vez no exista un antídoto especial para eso, pero mientras el escritor continúe infectado, habrá más escritura, más ansias de expresión y más libros.

Al embarcarnos en la aventura de escribir un libro, nos sometemos a todos los síntomas de esta enfermedad creativa, nos inyectamos diariamente de la dosis que nos hará adictos a la escritura y «padeceremos» de sus efectos durante días, meses, incluso años, en los que nuestra mente estará fija en un solo punto. La «rehabilitación» vendrá después (si se da), al término del viaje absorbente y esforzado, cuando salgamos de ahí con un aura distinta, con los rezagos de un espíritu incandescente. Algunos emergerán de una manera o de otra, dependiendo de cuán profunda haya sido su entrega; pero lo bueno de todo ello es que la escritura es el único vicio que no es nocivo; al contrario, es alimento nutricio para el cerebro reproductivo, abono para el campo fértil, agua para el sediento. Quien se envicia con esto no se pierde, se libera; no agoniza, revive; no se convierte en un despojo humano, se vuelve más bien un individuo particular que, despertado por las palabras, trabaja ahincadamente con la esencia del ser humano.