Hablando en un café con mi amigo el narrador y crítico José Guich, coincidimos en admitir que no somos frecuentes visitantes de blogs —de los llamados «literarios» (¿?)—, por el negro tizne que ha venido a caer sobre ellos (no sobre todos, desde luego) y por el elefantiásico soplido y engorde del ego de quienes lo administran, hasta el extremo de hacer de este medio una suerte de consolador o muñeca inflable para un penoso onanismo. Si me he enterado de algunas habas que se cuecen en esta olla de grillos, es porque a mi correo llegan, de rebote, las carnecitas más sabrosas del bajo mundillo letrado como para saborearlas con unas gotas de aceite sacha hinche.

En el fondo, de lo que se trata, a mi entender, es de llenar a como dé lugar —unos, de manera desesperada; otros, con ciertas sutilezas— esa enorme carencia de no tener voz ni siquiera en el coro de los desafinados. Y si con esto me refiero a los administradores de vanidades que escriben como si su vida o sus ideas fueran lo más grandioso (¡a quién le interesan, por dios!), qué decir de esa cloaca inmunda que hierve hasta consumirse en su propia rabia denominada «comments». Solo una vez ingresé en esa madriguera del resentimiento, en ese estercolero de la nulidad, y fue en el blog del señor Ybarra, quien, al parecer, no hace ascos cuando las ratas, las cucarachas y los chanchitos se pasean con plena libertad en el patio trasero.

Durante un día fui piñata de la cobardía sin nombre que lanzaba sus pullas y escupitajos a diestra y siniestra, y en todo aquel vómito de resaca tardía solo pude notar, con pena, cuán baja autoestima alumbra a la gente supuestamente «interesada en la literatura». El chisme, la zancadilla, el puñal por la espalda son los utensilios que se enarbolan, no solo en los cafés, sino ahora en la red (con mucho más libertad y desparpajo, por cuanto la persona agraviante no está al frente para encararlo), en vez de utilizar ese espacio para construir un diálogo serio, educativo y alturado. Ser fisgón y entrometido se ha hecho un mal arte, que viene acompañado por el libertinaje de la pata alzada y los adjetivos con ventilador, y esa fijación deja a un segundo plano lo que debería ser más importante: la obra literaria.

A diferencia de otros gremios o profesiones, es en la pequeña aldea de las bellas letras donde más brincan los saltamontes, donde las emociones se alteran mucho más, tratando de buscar cual perros sabuesos las basurillas debajo de la alfombra, el tartamudeo en la oratoria, la caída en el charco. Nada hace más felices a algunos que ver en el suelo al que intentó elevarse; nada los alegra tanto que mancillar honras (todavía las hay) y hundir al que camina por la línea señalada sin mirar a nadie. ¿Qué interesa que Reynoso, Heredia o Moromisato sean, en lo personal, lo que son? ¿Qué importa que un poetastro sanmarquino esté lavando baños y recogiendo cagada de perros en España? ¿Quién se araña al ver que algunos reciben premios y otros no? Con esto, comprendo muy bien a la cuidadosa Mónica Belevan cuando evita en lo posible todo tipo de «exhibición», según me escribió, para no soplarse las hablillas del «ambiente literario» que vendrían después.

Ante tanto insulto y mala leche, frente a la indisposición hacia el bien de quienes administran y testifican en los corrillos de la blogósfera, propongo tal vez una utopía: sacar lo mejor de cada uno para beneplácito de todos; no ver la mugre, ni las legañas, ni los bostezos, propios y ajenos. Dejar las anécdotas de bar en el bar, las riñas en el cuadrilátero, la ropa sucia en la lavadora. Démosle vuelta a la torta pútrida, que es en lo que se están convirtiendo algunos espacios, y que en los blogs «literarios» se hable de literatura, de arte, de filosofía, y no del lado femenino del pequeño poeta Rubén Quiroz, de las poses que adopta la orate Montserrat Álvarez, de las ediciones maleadas de algunos editores bizarros, del frenillo inevitable de Iván Thays, de la insipidez de algunos narradores de las últimas hornadas, del arribismo de tantas enanas desubicadas y el piquichonismo de tantos minusválidos iletrados, y de otras chorradas por el estilo. Caminemos juntos y sin malicia en una caravana de hermandad, como es lo que propone, por ejemplo, el blog de Javier Garvich, y seamos solidarios por primera vez con los auténticos creadores que trabajan la palabra con honestidad, seriedad, esfuerzo y dedicación. El anonimato en la red ha hecho valientes a muchos pusilánimes que, en el enfrentamiento cara a cara, seguramente no se atreverían ni siquiera a alzar la voz, menos aún a develar su verdadera identidad, y ha servido también para el desahogo de quienes, a falta de tribunas, hacen su propia tribuna egolátrica y autocomplaciente, en beneficio de un individualismo entristecedor.