ArtículoAugust 6, 2008 11:41 pm

Hablando en un café con mi amigo el narrador y crítico José Guich, coincidimos en admitir que no somos frecuentes visitantes de blogs —de los llamados «literarios» (¿?)—, por el negro tizne que ha venido a caer sobre ellos (no sobre todos, desde luego) y por el elefantiásico soplido y engorde del ego de quienes lo administran, hasta el extremo de hacer de este medio una suerte de consolador o muñeca inflable para un penoso onanismo. Si me he enterado de algunas habas que se cuecen en esta olla de grillos, es porque a mi correo llegan, de rebote, las carnecitas más sabrosas del bajo mundillo letrado como para saborearlas con unas gotas de aceite sacha hinche.

En el fondo, de lo que se trata, a mi entender, es de llenar a como dé lugar —unos, de manera desesperada; otros, con ciertas sutilezas— esa enorme carencia de no tener voz ni siquiera en el coro de los desafinados. Y si con esto me refiero a los administradores de vanidades que escriben como si su vida o sus ideas fueran lo más grandioso (¡a quién le interesan, por dios!), qué decir de esa cloaca inmunda que hierve hasta consumirse en su propia rabia denominada «comments». Solo una vez ingresé en esa madriguera del resentimiento, en ese estercolero de la nulidad, y fue en el blog del señor Ybarra, quien, al parecer, no hace ascos cuando las ratas, las cucarachas y los chanchitos se pasean con plena libertad en el patio trasero.

Durante un día fui piñata de la cobardía sin nombre que lanzaba sus pullas y escupitajos a diestra y siniestra, y en todo aquel vómito de resaca tardía solo pude notar, con pena, cuán baja autoestima alumbra a la gente supuestamente «interesada en la literatura». El chisme, la zancadilla, el puñal por la espalda son los utensilios que se enarbolan, no solo en los cafés, sino ahora en la red (con mucho más libertad y desparpajo, por cuanto la persona agraviante no está al frente para encararlo), en vez de utilizar ese espacio para construir un diálogo serio, educativo y alturado. Ser fisgón y entrometido se ha hecho un mal arte, que viene acompañado por el libertinaje de la pata alzada y los adjetivos con ventilador, y esa fijación deja a un segundo plano lo que debería ser más importante: la obra literaria.

A diferencia de otros gremios o profesiones, es en la pequeña aldea de las bellas letras donde más brincan los saltamontes, donde las emociones se alteran mucho más, tratando de buscar cual perros sabuesos las basurillas debajo de la alfombra, el tartamudeo en la oratoria, la caída en el charco. Nada hace más felices a algunos que ver en el suelo al que intentó elevarse; nada los alegra tanto que mancillar honras (todavía las hay) y hundir al que camina por la línea señalada sin mirar a nadie. ¿Qué interesa que Reynoso, Heredia o Moromisato sean, en lo personal, lo que son? ¿Qué importa que un poetastro sanmarquino esté lavando baños y recogiendo cagada de perros en España? ¿Quién se araña al ver que algunos reciben premios y otros no? Con esto, comprendo muy bien a la cuidadosa Mónica Belevan cuando evita en lo posible todo tipo de «exhibición», según me escribió, para no soplarse las hablillas del «ambiente literario» que vendrían después.

Ante tanto insulto y mala leche, frente a la indisposición hacia el bien de quienes administran y testifican en los corrillos de la blogósfera, propongo tal vez una utopía: sacar lo mejor de cada uno para beneplácito de todos; no ver la mugre, ni las legañas, ni los bostezos, propios y ajenos. Dejar las anécdotas de bar en el bar, las riñas en el cuadrilátero, la ropa sucia en la lavadora. Démosle vuelta a la torta pútrida, que es en lo que se están convirtiendo algunos espacios, y que en los blogs «literarios» se hable de literatura, de arte, de filosofía, y no del lado femenino del pequeño poeta Rubén Quiroz, de las poses que adopta la orate Montserrat Álvarez, de las ediciones maleadas de algunos editores bizarros, del frenillo inevitable de Iván Thays, de la insipidez de algunos narradores de las últimas hornadas, del arribismo de tantas enanas desubicadas y el piquichonismo de tantos minusválidos iletrados, y de otras chorradas por el estilo. Caminemos juntos y sin malicia en una caravana de hermandad, como es lo que propone, por ejemplo, el blog de Javier Garvich, y seamos solidarios por primera vez con los auténticos creadores que trabajan la palabra con honestidad, seriedad, esfuerzo y dedicación. El anonimato en la red ha hecho valientes a muchos pusilánimes que, en el enfrentamiento cara a cara, seguramente no se atreverían ni siquiera a alzar la voz, menos aún a develar su verdadera identidad, y ha servido también para el desahogo de quienes, a falta de tribunas, hacen su propia tribuna egolátrica y autocomplaciente, en beneficio de un individualismo entristecedor.    

ArtículoApril 17, 2008 7:46 pm

Bastó un e-mail del novio de la chica para que la mecha se encendiera, y brotara como una espina, y se expandiera por la red como una vociferación de protesta, llenando los corazones primero de sorpresa, luego de incredulidad, finalmente de indignación. El azar la había llevado a Ecuador, en una visita sustituta que la hizo partícipe de una reunión abierta, televisada, y sin embargo los hilos de la prepotencia oficial la iban a cercar como una araña arrincona a una mosca. Tal vez la inocencia le jugó una mala pasada, quizás la buena voluntad le mostró su otra cara; no obstante, no era para que se ensañara tanto con ella. ¿Estaba acaso ya predestinada? ¿Todo la llevaba irremediablemente hacia las garras bufalonescas? Sea como fuere, lo cierto es que ella se encontró de pronto en el lugar equivocado, en el momento equivocado, y la pala temeraria —y ciega— de la militancia la arrastró con toda la carga, la levantó en vilo y la hundió en el pozo frío de la represión.

Voces ajenas se levantaron como si de su hermana se tratara, y helos aquí cerrando el puño y escupiendo a destajo la mala estrella que le tocó vivir a la estudiante universitaria, asidua concurrente de tertulias y recitales literarios. De golpe, cual ventarrón intempestivo, medio mundo se sintió tocado por la suerte de la joven, seguían la pista de su destino y urdían plantones frente a edificios públicos para su inmediata liberación. El agua, que tanta falta hace a los pobres de asentamientos humanos y a los que habitan en la cima de los cerros, fue derrochada por un rochabús una tarde de performance en la que lo que menos deseaban los manifestantes era bañarse. Y los apaleos, empujones, botas en ristre, le dieron a esa tarde la razón para seguir odiando a la tombería y continuar con la rabia.

Abogados, parientes, salieron en defensa de la equivocación, y mientras se esperaban pruebas, pruebas al canto, a la vez que registraban la vivienda de la infortunada joven, el mandamás de los captores justificaba su error. Salía con su mejor perfil en la tele, rodeado de micrófonos, en tanto los flashbacks televisivos mostraban a la muchacha esposada en Aguas Verdes, metida en un automóvil, entrando en una dependencia policial. Youtube lo hubiera tenido entre sus videos más vistos si no fuera porque Amy Winehouse acaparaba la atención entonces; pero lo que sí se vio fue al infatigable maestro Delfín participando en la manifestación, enhiesto como sus esculturas de hierro.

El hecho cruzó fronteras mentales, abrió los ojos de muchos, intelectuales insospechados daban su nombre y DNI a una carta dirigida al presidente, y hasta los borrachitos de Quilca dejaron a un lado sus botellas y se unieron al reclamo, que les salió por la culata porque la bufalonada vestida de Rambo les agrió las cervezas encimándolos y amenazándolos cual si fueran terroristas, cuando el único atentado que podrían cometer era solo contra sus hígados. La rabia creció, mientras la situación de la chica no cambiaba, y se incrementó aún más cuando la trasladaron a Santa Mónica y le implantaron un régimen estricto.

Sola, en la frialdad de cuatro paredes, ahora ella medita, siente, sus ojos se cierran al sonido de los ecos distantes, a la reminiscencia de la libertad perdida. Con apenas cuatro horas de camino en el patio, visitas restringidas y sombra por doquier, su cautiverio en el tercer piso del pabellón C es más duro, más indigno. Para consolarse, quizás, para paliar ese sentimiento contrariado de ira, impotencia y desazón, la joven escribe, se ensimisma, procura trasladar en palabras lo que su voz no puede traducir, y el dolor del encierro la alienta, la desgarra, la hace madurar, en medio de una situación que nunca imaginó, que jamás en su vida se le cruzó por la mente. Ella, que tampoco se imaginó, ni siquiera en sus remotos sueños, que iba a ser lo que ahora es: un símbolo, parte de un sentimiento de privación injusta a la libertad. Y que ahora también, de un modo visceral, en la clausura severa que la induce a replegarse para resistir, en el encuentro obligado consigo misma, maniatada tal vez por su propia indefensión y tristeza, esta joven recluida, desahogándose, se está convirtiendo en poeta.

ArtículoDecember 14, 2007 7:40 pm

El trajinado escritor Oswaldo Reynoso se quejaba en varias oportunidades de no encontrar a alguien que escribiera sobre la Lima actual, y de modo específico, sobre la zona de los conos, aquella parte variopinta que es habitada, en general, por gente migrante que vive con esfuerzo y terquedad mirando hacia el futuro. Los textos que había leído hasta entonces, de jóvenes escritores henchidos de ínfulas egotistas, le resultaban por decir lo menos algo fresas, ya que no veía reflejado en ellos esa Lima andinizada, provincial, colorida y mestiza que es nuestra capital de ahora. Pues bien, con La ciudad de los culpables de Rafael Inocente, el anhelo de este siempre aludido escritor de peso se ve colmado. La novela no solo posee una fuerza que arrastra hacia una lectura sin concesiones, sino que pinta un cuadro sobrio de personajes coneros, con todas sus penurias, vicios sociales y singularidades acarreadas por vivir en una ciudad enferma, llena de contrastes, castradora, sucia, racista. Allí donde pocos quieren meterse, hacen ascos y tratan de soslayar, se mete Inocente; allí donde los escollos de la pobreza, las esteras, los cuartos pigmeos, la falta de agua, la rabia, la frustración, son el pan de cada día, Rafael Inocente ingresa como en su casa, se regodea con esas miserias cotidianas y escupe con valentía las voces que lo habitan, masculinas y femeninas, valiéndose de un arma que nunca falla: la energía y vitalidad de un narrador de fuste que dice las cosas sin remilgos, sin eufemismos ni amaneramientos, y cuyo resultado, aunque espolvoreado por ciertos baches, es menester resaltar.
Comparándolas con otras novelas publicadas en los últimos tiempos, podría decirse que esta novela, para expresarnos de un modo coloquial, ha sido escrita con huevos (y conociendo personalmente al autor, no sé de dónde los habrá sacado), pues tanto la temática como el tratamiento del hilo narrativo no temen la verdad de lo que ahí enuncian, y más bien tratan de provocar una reacción —de adherencia o de rechazo— del avispado o lerdo lector para con los protagonistas. Son historias paralelas, historias de vida de jóvenes anclados en una ciudad que los irrita o los abruma, que los vuelve partícipes de situaciones adversas, solitarias y hasta bajas, en las que la conciencia, el remordimiento, los quizá, los tal vez, se enmarañan con los ideales auténticos para un fin de reivindicación.
Como no ocurre con muchas obras, antes de ser publicada, ya esta novela había sido saludada con buen gesto por Miguel Gutiérrez en su libro de ensayos El pacto con el diablo, y leyéndola ahora por segunda vez, tengo que admitir que el maestro tiene razón. Sin llegar necesariamente a la excelencia, puesto que en algunas partes el trabajo se torna flojo y un tanto descuidado, La ciudad de los culpables es una buena bofetada literaria, por su entereza, por su fuerza expresiva, como para remover las flojas paredes del delicado y estético edificio escritural de los que se están tirando a la piscina últimamente a veces sin saber bracear.      

ArtículoAugust 10, 2007 3:44 pm

Días previos a caminar bajo el río Ouse que la llevaría a la muerte, Virginia Woolf dejó constancia en su diario: «la vida es una estrecha franja pavimentada al borde de un abismo». Las mariposas en su cabeza revoloteaban, aun cuando debía concentrarse en la escritura, y la desazón de molestar a su esposo la llevó a tomar una decisión que la venía rumiando desde hacía tiempo, mientras el juego de los adjetivos ya no la satisfacía del todo y una mano invisible le presionaba el cráneo en la soledad de su estudio con vista al jardín. Leer a Joyce había sido una experiencia reconfortante, pero mirarse a sí misma, al cabo de tantas palabras escritas y vueltas a escribir, contradecía su ánimo ambivalente en una hora en que esa franja delgada se tambaleaba cada vez más, turbándola con el vértigo de su propio descenso.

La tranquilidad burguesa no era suficiente, el orden en la cocina la incomodaba sobremanera, más aún por aquella lejanía que su frágil naturaleza le imponía, esa distancia natural de ubicarse a unos metros entre los apios y las cacerolas. La loza tal vez era más amigable, la cucharita en movimiento circular en el fondo de una sustancia, y el olor agradable que del humo surgía alimentaba la menuda entretención que, por un instante, le hacía olvidar esas pequeñas olas que la mareaban en el papel. En algún momento —pero no era frecuente— se preguntaba: ¿y si hubiera tenido hijos? Y pensaba en los críos de sus amigas y vecinas, a quienes por las tardes contemplaba, acercando su mano a los cabellos infantiles, a una mejilla sonrosada, a un codo magullado. Las sonrisas y los juguetes eran parte de un universo familiar que apenas intuía, envuelta en sus cambiantes ideas de mujer meditativa, cauta, sumida en su labor. Procrear no bastaba; crear, a veces, tampoco bastaba, si no se sentía lo suficientemente lista como para tener una jornada de escritura larga y tendida.

Los vacíos de la tinta goteando en alto eran su más terrible pausa, el no poder avanzar en el engarce de los vocablos, en la convivencia feliz de la palabra con el pensamiento, así que se reclinaba en el respaldo de la silla para cerrar los ojos y ver en la oscuridad, pero la oscuridad le traía un sinfín de telarañas que la sobresaltaban de inmediato. Salía entonces a caminar, a pisar las hojas secas sobre el grass que la conducían hacia algún recodo donde pudiera respirar tranquila, aspirando el perfume de un viento cálido que le bañara el rostro de paz, de suave ternura. Evocaba su propia infancia para darse valor, para encontrar en la memoria fugaz algún pasaje multicolor que la aliviara de tanta inquietud; pero las dagas internas que apuñalaban de improviso continuaban su lento trabajo de acabamiento, de minación.

La señora Dalloway era una buena compañía mientras no hubiera distracciones; con sus trazos medidos y desbordantes podía ser tan agradable como Katherine Mansfield burlándose de Joyce. Solo que en ocasiones ni con una ni con otra, ni con ambas juntas, se sentía a gusto. Entonces pensaba en su hermana Vanessa, con quien había vivido un buen tiempo en Bloomsbury; pensaba en ella y se tendía sobre la cama para mirarla frente a frente sin asomar en su faz expectante ningún gesto de vergüenza. Los ojos nítidos y confiables correspondían a los suyos en el suave tacto de las yemas, mientras el rostro engañosamente angélico de Vanessa se iba pareciendo poco a poco al de Vita Sackville-West, compañera ideal, e iba diferenciándose cada vez más al de su hermanastro George, el monstruo. Entre el miedo y la pasión, el deseo se imponía como una necesidad apremiante, aunque sin desesperación, como un llamado al cariño que fue trastocado con violencia y requiere de una cura eficaz, y las sábanas parecían ondear en la sonrisa quieta de dos almas solitarias nacidas de una misma fuente, las piernas traían consigo reacciones fáciles y rubicundas en la majestuosidad de la piel, y los labios inflamados, húmedos, torpes, hambrientos, asomaban a los otros con un sabor amargo a cosa escondida, mamá nos puede ver.    

Nada hubiera sido más perfecto que permanecer abrazadas una a la otra mientras el sol las eximía de todo rubor externo; nada, que eternizar ese momento en el que aún no aparecía Leonard (su esposo) ni Clive Bell (el marido de Vanessa), ni aun la propia Vita Sackville-West (amante y escritora). Pero el tiempo era un aguafiestas que lo mezclaba todo hasta enredar la vida misma en luz y oscuridad, un verdugo que mostraba el hacha de la caída (cuando ingirió somníferos para no despertar) y la volvía a esconder, mientras Orlando y Las olas ejemplificaban el fluir de la conciencia, y Flush corría libre en su imaginación tanto como en su prosa, y Una habitación propia la pintaba de cuerpo entero en su cuarto feminista, hasta que un día de marzo de 1941 salió de su casa a caminar, y siguió caminando hacia las aguas de un río que la recibió con un abrazo de explosión, pues se había llenado los bolsillos de piedras para hundirse cada vez más en este abrazo húmedo y liberador.

         

ArtículoJune 15, 2007 6:14 pm

Las historias de jóvenes siempre están plagadas de anécdotas, curiosidades, exabruptos, comportamientos acelerados que buscan abarcarlo todo, despuntar por encima de la gente adulta para, de alguna manera, sacarles la lengua ante tanta seriedad, tanta responsabilidad y el surtido de normas y reglas que imponen, a fin de seguir un lineamiento que mantenga al mundo en pie, sin tambaleos, y evitar que las cosas estén patas arriba. Nada es más suelto y libre que la juventud y la adolescencia que muestran, desde las propias entrañas y en la salutación de los poros, unas ganas enormes por vivir, por vociferar, por salir a la luz y dejar constancia de su presencia, aquella que es casi imposible de pasar inadvertida. Se dice, no sé si con razón, que esta es la etapa más feliz de la vida, que estos primeros años son los que mejor se disfrutan, pues no hay deberes estrictos que cumplir, ni trabajos que soportar, ni cuentas que pagar, por lo que la máxima preocupación se centra solamente en uno mismo, en la apariencia y en la actitud, en los conflictos de la personalidad, en los iniciales descubrimientos amatorios, y, sobre todo, en la camaradería.  Es aquí donde empiezan a formarse con mayor firmeza los lazos de amistad, los círculos de amigos, las manchas, los uña y mugre, y es aquí también cuando se toma muy en serio, se tiene bastante en cuenta la importancia de pertenecer a un grupo.

            Es en esta etapa justamente cuando se inicia Los buenos tiempos, la entretenida novela de Javier Bayly. El telón se abre para dar cabida a personajes variopintos como Naco, el Tetas, Carlitos Dalguán, el Chato, Benjamín Montes de Oca, el Cutras, sin contar con las chicas como Laura o Greta la argentina, que van apareciendo conforme el narrador (que no se dice su nombre, pero que, supongo, debe ser un alter ego del autor) va narrando los episodios que se aglutinan en pequeños quids para pintar un panorama juvenil con todos los ingredientes que este amerita. El juego está presente desde el principio, desde que Carlitos y el narrador van a pasar un fin de semana a Ancón y de pronto aparecen las abejas asesinas, es decir, unas adolescentes patinadoras que no hacen más que acalorar los ímpetus de los observadores para terminar acercándose a ellos imantadas por el fulgor de unas cervezas. Un porrito de por medio hacen de la abeja madre una chica superada y un inadecuado paleteo de un parrillero ebrio le otorga alas para salir volando, ofendida, y no volver a aparecer nunca más.

            Las relaciones en la novela se dan así, de manera ligera y fugaz; a excepción de la mancha, del grupito de amigos, las relaciones que el protagonista y sus compinches establecen son efímeras, aunque no exentas de intensidad y de ganas de prolongarlas para siempre. El amor, o mejor sería decir, el amorío, surge de una simple mirada, de un estudio detallado de las cualidades físicas de las chicas. Y es que allí todo es atracción, libido, hormonas intranquilas que es preciso aplacar. Laura viene a nosotros en la bahía de Paracas, tras los ladridos de Muchacho, un perro pendenciero que suele arrinconar a las «victimas» para llevarlas hacia la casa donde están los verdaderos muchachos, ansiosos de chicas, y esta con sus amigas caen como blancas palomas derechito a la piscina, donde se inicia el juego del caballito en el que las chicas terminan por despojarse de los bikinis, y se aproximan a un trago desconocido y recién inventado llamado Fray Angélico.

            Los plagios en el salón de clases, como en todo colegio, también ocurren en la novela, pero lo más curioso es que la obtención del examen días previos por parte de Naco queda en el misterio. Al final, lo único que importa es aprobar, y las artimañas que se hagan para conseguir una nota sobresaliente no interesan. Cuando los personajes están a punto de acabar el colegio, esa parece ser su máxima preocupación, y hacen trampa de lo lindo gracias a una misteriosa mano samaritana. Una vez salidos del colegio y estando ya en la universidad, otros son sus intereses, aunque sin perder de vista la juerga y la diversión que se corona con un accidentado viaje a Máncora, en el que conocen a unas argentinas despampanantes (como todas las chicas de la novela) y así tan fácil como las conocen y se enredan con ellas, así también se van, dejándolos colgados para recibir el año nuevo.

            La novela termina con el adiós de esos «buenos tiempos», puesto que la incipiente madurez entra a tallar, se va asomando en los jóvenes protagonistas, cuyos encuentros son más distanciados, ya no existe la mancha del colegio, aunque hay todavía esporádicas salidas en una de las cuales el Chato, que es el fumón del grupo, alucina en su vuelo humístico ver a Superman, y el libro acaba con un episodio elocuente en el que se deja ver la entrada ya en la adultez de estos personajes: el hecho de que uno de ellos se convierte en papá, lo que cierra con llave, deja en el pasado, la distracción de los «años maravillosos»,  sin preocupaciones serias, para dar la bienvenida a los años de la responsabilidad.

            Los buenos tiempos es un ejercicio de entretenimiento y soltura, un capítulo de un estado de vida en el que pareciera tenerse el mundo a los pies. El autor es hábil en las descripciones, preciso en los perfiles, lúdico en los acontecimientos, y hace alarde de un juego narrativo en donde lindas patinadoras pueden ser abejas asesinas, o el rito de la seducción puede convertirse en una cacería hasta la muerte. Javier Bayly nos muestra en su novela a una juventud que, a pesar de todas sus mataperradas, es sin embargo un tanto ingenua y sin malicia, pero destaca asimismo lo mejor de ellos por encima de sus locuras. Por momentos, como lectores, somos parte de ellos, nos apropiamos de su visión irónica y jovial, de su lenguaje característico, de las ansias por conseguir algo. Dentro del texto narrativo los acompañamos en sus líos y picardías con cierta nostalgia, ya que el tono del libro vislumbra un acabamiento inevitable, el fin de las experiencias contadas, la recta hacia adelante que solo deja el consuelo de la evocación. Los buenos tiempos es una novela que retrata a una juventud con todas sus alegrías y contradicciones, pero que a la vez incide en lo efímero del instante, en lo pasajero que es el tiempo, pues las aventuras del Tetas, del Cutras, del Chato y de los demás no habrán de repetirse ni durar para siempre.

ArtículoMay 4, 2007 4:28 pm

La vida de los escritores está plagada muchas veces de anécdotas, impresiones y circunstancias que perfilan una forma particular de ver el mundo. Que nacen con un signo inequívoco señalándolos desde la infancia, es probable en ciertos casos, mientras que, en otros, hace falta el fogonazo predestinado, aquel episodio motivador que inocule el virus artístico y creativo que hay en todo escritor e inicie el camino literario hacia su consecuente destino. Si bien los conocemos por intermedio de sus obras, es a través de los rasgos vivenciales que podemos entenderlos y volcar hacia ellos nuestra simpatía o indiferencia. La obra vale y se defiende por sí misma; pero el influjo de la existencia diaria del que escribe se filtra inevitablemente en el resultado, sea a la hora de fijar el tema como en el modo de enfrentarlo. Kafka tal vez no habría escrito lo que escribió si no hubiera padecido de tuberculosis; Flaubert quizás no habría modelado a Madame Bovary de la manera como lo hizo si en su alma calenturienta no hubiera anidado un fetichista. El trabajo meticuloso de un Marcel Proust por describir paso a paso la forma y el sabor de una magdalena no es gratuito; su naturaleza débil y enfermiza debió haber condicionado aquel interés por retener el tiempo.

Todo acto de creación tiene un arma de doble filo: por un lado, la satisfacción de dar vida a algo que surge de la nada, que aparece como por arte de magia a través del pensamiento y de la imaginación, y, por otro, el dolor del alumbramiento en el cual se deja no solo el sudor del esfuerzo volcado sino también parte de uno mismo. Escribir con pasión es la tarea más ardua y alucinante a la vez, porque al introducirse en el terreno de la ficción, al andar por un universo paralelo al real de todos los días, estrujamos los sentidos, los sometemos a pruebas de resistencia en donde deben lidiar con fantasmas y demonios para salir airosos o morir en el intento. Y mientras creamos personajes, mientras imaginamos situaciones, recreamos y reinventamos el mundo para verlo de otra manera, aunque estos personajes y estas situaciones provengan del fruto de la realidad. De allí entonces que la literatura sea como un espejo donde nos miramos a nosotros mismos sin reserva alguna, con nuestras alegrías y pesares, con nuestros anhelos y sinsabores, encontrando en la escritura tal vez las respuestas que no podemos hallar en el diario vivir. Los libros, al tiempo que son fuentes de conocimiento, sirven asimismo para tocar fibras que emocionan y conducen a algo, que motivan una reacción. Un libro es un ser vivo que despierta con la lectura del lector.

Leer es tan emocionante como escribir, es meterse en un ámbito donde todo puede suceder, es dar uso al entendimiento para, a través de las palabras, recorrer un espacio imaginativo fuera de toda medida, es liberarse de ataduras para saborear las cosas que el escritor nos quiere dar como una fruta recién lavada que, a veces, será dulce y, otras, amarga. Ingresar a la lectura es como abrir una puerta de una casa desconocida porque no sabes qué vas a encontrar, y el escritor, en ese sentido, es el primer visitante, el primer lector de sus propios escritos. Escribir es olvidarse del mundo que nos rodea, es navegar por un lago que se nos presenta claro o sombrío conforme nadamos, y mientras estamos allí nada puede ser más importante que escribir, nada nos hará desistir porque ese momento de concentración nos hace inmunes a cualquier ruido exterior. Puede haber un terremoto, afuera el mar se puede estar saliendo, el techo puede estar a punto de caerle en la cabeza, pero el escritor seguirá escribiendo en su loca tarea de crear mundos ficticios. Por más que lo zarandeen, por más que se esfuercen en distraerlo, en hacerle ver que existen otras cosas, el escritor no se moverá, se mantendrá en sus trece, si es consecuente con su vocación, hasta que haya terminado con lo que se propone hacer, sea el resultado final bueno o malo. Y es que el bichito de la creación, el virus inoculado, es una cosa seria y complicada que hasta el propio escritor no sabe cómo controlarlo. Tal vez no exista un antídoto especial para eso, pero mientras el escritor continúe infectado, habrá más escritura, más ansias de expresión y más libros.

Al embarcarnos en la aventura de escribir un libro, nos sometemos a todos los síntomas de esta enfermedad creativa, nos inyectamos diariamente de la dosis que nos hará adictos a la escritura y «padeceremos» de sus efectos durante días, meses, incluso años, en los que nuestra mente estará fija en un solo punto. La «rehabilitación» vendrá después (si se da), al término del viaje absorbente y esforzado, cuando salgamos de ahí con un aura distinta, con los rezagos de un espíritu incandescente. Algunos emergerán de una manera o de otra, dependiendo de cuán profunda haya sido su entrega; pero lo bueno de todo ello es que la escritura es el único vicio que no es nocivo; al contrario, es alimento nutricio para el cerebro reproductivo, abono para el campo fértil, agua para el sediento. Quien se envicia con esto no se pierde, se libera; no agoniza, revive; no se convierte en un despojo humano, se vuelve más bien un individuo particular que, despertado por las palabras, trabaja ahincadamente con la esencia del ser humano.

ArtículoMarch 30, 2007 6:11 pm

Un sueño recurrente en mí cuando anhelaba ser escritor, era aquel en el cual entraba a una importante editorial, dejaba mi manuscrito en la recepción y, al cabo de unos días, me llamaban por teléfono para decirme que habían aceptado el libro y lo iban a publicar. Con esa idea ingenua —ahora lo sé—, anduve con mi primer escrito bajo el brazo (un volumen de cuentos titulado, por sugerencia de Oswaldo Reynoso, El puente de las libélulas), esperando que las cosas se dieran como deberían darse, hasta que me topé con la cruda realidad de las pequeñas editoriales peruanas que, si apuestan por algo, es en principio por una mínima ganancia al editar los libros. Con esta perspectiva, mucho más tarde me di cuenta de lo fácil que podría resultar ser editor: uno simplemente idea un sello, arma un logotipo, convoca a todo aquel que quiera publicar y cobra el costo de la edición más la correspondiente sisa. De esta manera, todo el mundo sale ganando: el editor, que por algo cuesta su trabajo, no faltaba más; el escritor, que ve publicada su obra, aunque deba pagar por ella, y los lectores, al descubrir un nuevo miembro en el azaroso mundillo literario.
Esta situación, más que excepcional, aquí en el Perú es casi una regla, tanto así que hasta poetas reconocidos como Rossella di Paolo debe juntar su plata para sacar un poemario. Pero una cosa es publicar una obra medianamente aceptable, si se quiere, con suficientes o aproximados méritos para merecer el homenaje de convertirse en libro, y otra muy distinta publicar por publicar, porque se tiene el dinero necesario y la poca vergüenza para hacerlo, como ocurre con ciertos mamarrachos que salen a la luz irresponsablemente. En algunos casos, al editor le importará un pepino si la obra es buena o mala, con tal de recibir el efectivo acordado (que, en ocasiones, subirá de acuerdo a la cara, al estatus, o cuán malo es el texto), creyendo que con eso le hacen un flaco favor al errático «cliente», mientras que son muy pocos, poquísimos, los que, conscientes de su labor cultural, realizan un trabajo serio que se acerca al de un verdadero editor: leer, opinar y, si halla un ápice de calidad en la obra y le ha gustado, publicarlo CON SU DINERO, correr por su cuenta con toda la parafernalia editorial y pagar al escritor su derecho de autor.
Con las excepciones del caso (no hablo tampoco de los dos o tres emporios editoriales que se han asentado aquí y cumplen con los requisitos), las editoriales pequeñas tienen que sobrevivir a salto de mata, ganando clientela a codazo limpio, sin escatimar esfuerzo para captar sobre todo a los «primerizos» y hacerles ver que deben ganarse su entrada al terreno de los éditos abonando su «derecho de piso». Si mal no recuerdo, mi derecho de piso fue en dólares y con una ilusión tan cándida en el alma que apenas si me dio tiempo para regatear ante la fuerza convincente de Jorge Luis Roncal, el editor de Arteidea, quien no dio nunca su brazo a torcer.
Pero por encima de todo ello, también existen editoriales que apuestan por un sueño, que a veces salen de cuadro con ideas un tanto descabelladas para algunos pero llenas de buena intención, como es el Fondo Editorial Cultura Peruana, dirigida por el enigmático Jorge Espinoza Sánchez, a quien se le ocurrió sacar al mercado libros de a sol. Cuadrando cuentas, sumando cifras, haciendo cálculos (en los que, por supuesto, no era nada «rentable» hacer semejante proyecto, pues no produciría al parecer «buenas ganancias»), a nadie de los que publican le hubiera pasado por la cabeza bajar tanto el costo de venta del libro. Sin embargo, este editor ostentoso lo hizo y tuvo una acogida muy buena, al principio, al promocionar su serie PERÚ LEE (donde publica solo a autores peruanos), llevando a plazas y parques una lectura de acceso para las grandes mayorías. Como era de esperarse, luego vinieron cabes y obstáculos, dimes y diretes, puesto que el inquieto personaje con su arriesgado atrevimiento (el término lavaclean sale a relucir en la comidilla de los suspicaces) estaba malogrando la plaza. Pero eso es otro cantar.
Lo que queda claro es que este tipo de proyectos se pueden hacer, que si hay incentivo y motivación, sensibilidad y camaradería, el editor puede ser en verdad editor, y el escritor en verdad escritor, con los mínimos derechos que su posición lo exige. Solo es cuestión de actitud, y no creer que hacer algo así es cosa de locos, ya que de todo ello siempre emerge una lección. Harold Alva, que participó del proyecto inicial (yendo a los periódicos, entrevistándose con Nicolás Lúcar en la radio), después creó su propia editorial, Zignos, y publicó lo que, a su juicio, era relevante (con un lunarazo que ahora no es necesario resaltar), editando una buena cantidad de libros y difundiendo el trabajo de otros, con un criterio de eficiente calidad, al extremo de que puede rechazar textos que no le gustan, como el de este poeta mediocre, un tal Valderrama, cuyo único talento es deslumbrar a incautas enamoradas chimbotanas para que le den el dinero de la publicación, y que de la mano de un generoso Víctor Coral se sintió ya publicado.  
En todo caso, lo más importante es escribir que publicar, saber que se elabora una obra para que luego, por añadidura, sea difundida, sobre todo si el trabajo ha demandado tiempo y esfuerzo, como una vez me lo hizo notar Oscar Colchado, cuando me negaba un tiempo a la exposición. Pero lo crematístico, valgan verdades, a la hora de los loros es fundamental, o, debería decir, fatal para los que desean ver editada su obra y no encuentran mecenas por ningún lado. En último término, si uno se muere por publicar, aún queda el recurso de autoeditarse, un método más práctico y ahorrativo que hará enojar y poner verdes o morados a quienes quieren ganarse «alguito» con la pluma de los buenos y puntuales contribuyentes.

 

ArtículoJanuary 26, 2007 8:10 pm

Es bien sabido que en la época en que Chocano era «el cantor de América, autóctono y salvaje» y declamaba sus poemas con toda la exuberancia y majestuosidad de un papagayo, a Vallejo lo tenían en un rincón sin darle demasiada importancia, ignorando aún el virtuosismo y maestría literarios que, con el tiempo, y a medida que se descubría la grandeza de su poemática, dejaría atrás a sus coetáneos. ¿De qué le sirvió al vate que se equiparaba con Whitman tanta alharaca delante de un público que se rendía ante un engañoso lirismo? Ninguno de sus actos fue suficiente para conseguir esa trascendencia que el «cholo», en cambio, obtuvo sin necesidad de mucho trino y aspaviento. La vanidad colmó de tal modo a Chocano que Fiat lux!, pronunciado por sus propios labios, era como un mejunje edulcorado que menoscababa la seriedad de su obra.

De igual manera, aunque salvando las distancias, en la actualidad existe una cofradía de seres que participan en recitales, conferencias, presentaciones de libros y demás actos públicos, carentes de toda modestia y llenos de un ego exacerbado que no les permite ver su verdadera situación. Si en psicología, para este tipo de comportamientos, hay un término específico que condensa esa ceguera obsesiva ante cualquier realidad extrínseca, en el ambiente literario la cosa podría reducirse a la palabra «posero», la cual encierra el impulso de llamar la atención a toda costa, haciendo para ello alguna barbaridad digna de triste recuerdo.

Hay también de los que, conscientes de sus limitaciones, se apoyan en recursos fuera de foco para ser conocidos, escuchados o vaya a saber qué, y organizan eventos, tertulias, té de tías, en los cuales hasta podrían cortarse las venas si es necesario, con tal de que se fijen en ellos. Sin embargo, resulta muy penoso ver que tipos que apenas si saben borronear algunos versos primariosos, tengan unas ínfulas de literatos con pipa y miopía añadida y muestren sus textos sin la vergüenza apropiada del que está haciendo el ridículo. Solo les falta estamparse un cartelito en la espalda que diga «escritor» para completar el papelón que, no obstante, no logran percatarse ni aun cuando se les pone en evidencia. Hasta qué punto llegará este impulso difícil de controlar, que uno puede toparse con alguien que, al momento de presentarse, te muestre su tarjeta personal en la que aparece, debajo del nombre, la palabra «poeta», o te apabulle con una lectura (que nadie le pidió) de sus escritos en sendos papeles fechados que a lo sumo producen un malestar gástrico y nada más.

Una falta total de autocrítica se nota en este clan de desubicados, quienes irrumpen en la literatura al guerrazo, con las armas que solo su medianía los puede justificar. Para colmo, algunos hasta se creen «malditos» y se ufanan de su sordidez y decadencia como una virtud que solivianta un soterrado complejo de inferioridad, impidiéndoles competir, desde su perspectiva, con el resto de los mortales. Según este canon, para ser poeta o narrador, es requisito indispensable tomarse sus chelas, haberse tirado a varias chicas y mandar al diablo todo aquello que impida una libre sobriedad de acción y reflexión, cuando en realidad de lo que se trata es de obtener un conocimiento esencial, una lectura sostenida y consistente, y la disciplina, el esfuerzo y la dedicación para cargar con un trabajo serio, absorbente, sin bulla ni campanilleo, frente al reto de la palabra.

Algo de humildad no caería nada mal en este terreno al que algunos se aferran como si se tratara de un caso de vida o muerte, anteponiento el personalismo, la autopromoción, el marketeo estudiado para ganar adeptos aunque no los hayan leído, para reclutar auditorios deslumbrados por los fuegos de artificio, dejando a un lado lo que verdaderamente cuenta: la obra, el trabajo creativo por encima de posturas, simpatías y carismas. Octavio Paz, refiriéndose a Pessoa (a propósito de sus heterónimos), escribía: «Su historia podría reducirse al tránsito entre la realidad de su vida cotidiana y la realidad de sus ficciones. Estas ficciones son los poetas Alberto Caeiro, Alvarado de Campos, Ricardo Reis y, sobre todo, el mismo Fernando Pessoa. (…) Todo esto —como su soledad, su alcoholismo discreto y tantas otras cosas— nos da luces sobre su carácter pero no nos explica sus poemas, que es lo único que en verdad nos importa». Así también, al término de las figuraciones y los malabares, luego de la estridencia y las mímicas forzadas, habrá de quedar la visión límpida en la que se descubrirá por fin, y con el mínimo riesgo de equivocación, el auténtico color del arco iris.

Artículo 7:54 pm

Un hecho insignificante puede bastar para dar rienda suelta a la imaginación, y, por consiguiente, a la escritura. La chispa surge de la visión primera, del golpe en la reminiscencia o en la desnuda inventiva, mientras poco a poco se va abriendo un camino, el inicio de las imágenes cabalgando hacia la claridad que luego será palabra y, finalmente, voz. De esta voz se desprende el tono con el cual sabremos qué nos desean comunicar, cuál es la intención, por qué describen y muestran tal cosa, para luego salir de la lectura como del fondo del agua emitiendo emoción o bostezo, según la sensibilidad de cada quien. A este mundo de ficción se ingresa (o se debería ingresar) con los brazos abiertos, sin ningún reparo, listos a dejarnos envolver por lo que allí se dice, en un estado de absoluta entrega a fin de transformar el texto en cuadro y el cuadro en vivencia. Solo así llegamos a disfrutar realmente de aquel universo que respira fuera de toda medición cronológica, más allá de los sabores o sinsabores de la realidad de carne y hueso.

Pero la cultura audiovisual de nuestros tiempos llama a la complacencia, deleita los sentidos y economiza el esfuerzo; la atención es reemplazada por la rapidez, el razonamiento por la habilidad, y lo voluminoso disminuye cada vez más hacia lo compacto. Ya no veremos los grandes tomos de León Tolstoi o de Balzac, pues el lector de hoy no es el mismo que el de ayer, y la obra por tanto se ve sometida a modificaciones y escrutinios, al igual que los cambios ocurridos en las ciencias. De manera que, así como es necesario la supresión o aumento de ciertos vocablos y signos ortográficos en las nuevas ediciones del Diccionario, por tratarse de términos caducos o en desuso, del mismo modo la estructura de la novela ha venido mudando con los años, de acuerdo a la óptica de cada autor. Y aunque Milan Kundera reivindique la modernidad de algunos escritores de siglos pasados, el arte novelesco de éstos es visiblemente distinto al de aquél, que gusta mezclar ensayo con narrativa, dentro de un marco de unión entre ambos tipos de escritura.

Si antes se buscaba la totalidad en un libro, la representación casi al espejo del mundo real a través de uno ficticio, ahora basta con el fragmento para insinuar el gran plano general que se desea mostrar. De esta forma, como la tajada de la torta en cuyo sabor está inmerso el gusto del pastel entero, no hace falta ofrecer todo si con un trozo es suficiente. Lo dijo también Susan Sontag: «El arte del fragmento, que incluye la solicitud de un ‘discurso’ fragmentario, está concedido para no impedir la comunicación sino para hacerla absoluta». Es decir, para muestra solo necesitamos el botón. De lo demás, que el lector se encargue. Sin embargo, lo complicado es cuando de ese fragmento queremos hacer una serie de fragmentos, con lo cual ya no solo tenemos subfragmentos sino viñetas que dificultan un poco la lectura convencional.

El ahorro de tiempo en estos tiempos apurados, hace que ya nadie se vaya por las ramas, que aquel que desea mostrarnos algo concretice de inmediato, nos lleve de frente al grano, por lo que estas expresiones de Borges, de 1941, resulten ahora más actuales que nunca: «Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario». Pero ojo que tampoco se trata de compendiar y dar todo masticado, facilitarle la tarea al lector, como ya hemos visto en diversos textos ligeros, digeribles, inmersos en la cultura light, cuya ligereza y superficialidad dejan el valor del chicle que, una vez suprimido el dulzor, es esputado hacia el tacho de basura. Lo que se pretende es señalar claves, sembrar migajas de pan, ir por el camino de la sugerencia, dejando espacios abiertos para ser llenados, perfiles y sombras que oculten el rostro en parte de su totalidad, que induzcan al develamiento (de acuerdo a cada quien) de esa faz. Y una tarea así no necesita de las descripciones de antaño, de los diálogos expositivos, ni de la bajura de la palabra a su primitiva acepción. Un recurso adecuado es la imagen, la viñeta; ganar en profundidad e intensidad, más que en volumen y artimañas, sin olvidar desde luego la orfebrería en el lenguaje. De tal suerte que el resultado sea la huella digital y no el dedo; la marca del zapato y no el andante. Un proyecto de esta índole, por tanto, no admite fáciles engullimientos; no da su brazo a torcer. Pretende más bien el cambio de visor del lector común y silvestre, la vuelta de una mirada vertical hacia una horizontal, extensa y panorámica, aun con los pocos elementos que presenta.

Acostumbrados al orden consecutivo de las cosas, al interés de un acto engarzado con otro que conduce hacia una inevitable conclusión, el ver otro registro diferente que no sigue estas reglas, que se acomoda a la lógica de otro ritmo, puede complicar el esquema de la lectura habitual. Por eso la «historia» allí contada, será la historia de quien la lea, según su propia percepción, ya que en el texto mismo (y de lo que se desprenda de él) no hallaremos una verdad absoluta, solo los puntos a través de los cuales el autor ha levantado la estructura de su novela. De este modo, el círculo que cierra esta obra es medido por la multiplicidad de versiones e interpretaciones que hagan de ella, mucho mejor si son contradictorias. La amplia libertad que brinda la literatura, sobre todo en cuanto al arte de la novela (de la que hace años venimos oyendo de su defunción), permite, por el contrario, variadas posibilidades para experimentar, por lo que no es nada raro que continúe innovándose, ahora que la globalización acerca no solo culturas sino modos escriturales y la frontera entre el lector-hembra y el lector-macho cortazarianos se hace cada vez más remarcada.

Artículo 7:07 pm

De ser una adolescente acomplejada por su gordura, su baja estatura, su tartamudez, Alejandra Pizarnik pasó a convertirse en la mujer iluminada que se aferró a las palabras para crear su propio personaje mítico en las tinieblas. Nacida en 1936 en un hogar donde se hablaba yiddish, nada hacía presagiar que aquella gordita asmática llena de acné, que se atiborraba de anfetaminas para bajar de peso y que sin embargo no podía evitar comer sándwiches de mortadela escondidos en el delantal, con el tiempo sería tocada por la mano seductora de la poesía, la cual le daría una vía de escape y, al mismo tiempo, una llave hacia la tortura. Desde que se supo virtuosa para este oficio, nadie la detuvo en su afán por llegar a ser bendecida, y para ello se fue amamantando de Rimbaud, de Lautréamont, de Artaud, e inició el recorrido escabroso para encontrar su auténtica voz que la llevaría inexorablemente hasta la muerte.     
            Con inestabilidades emocionales en el diario vivir, a los diecinueve años, con la plata del padre, publicó su primer poemario, La tierra más ajena, del cual abjuró, y luego dos poemarios de los que no estaba tan conforme, antes de viajar a París donde trabajaría en sus obras más viscerales. «Sé que soy poeta y que haré poemas verdaderos, importantes, insustituibles», escribió en una carta dirigida a su amigo León Ostroy, y agregaba: «Me preparo, me dirijo, me consumo y me destruyo. Tal vez si me encerraran y me torturaran y me obligaran mediante horribles suplicios a escribir dos poemas maravillosos por día, los haría». La suerte ya estaba echada para esta poeta intranquila y era imposible volver la vista atrás. En medio de esporádicos trabajos («sitios infames para ganarme el duro pan de cada noche») y estudios de literatura francesa, Alejandra fue incubando sus textos en los que «mis palabras suenan extrañas y vienen de lejos, de donde no es, de los encuentros con nadie». La tarea era ardua, pero ella no daba su brazo a torcer, no cejaba en su empeño, a la vez que sus desequilibrios empezaban a manifestarse y la «pequeña sonámbula» los consignaba en su diario: «Anoche tomé agua hasta las tres de la madrugada. Estaba un poco ebria y lloraba. Me pedía agua a mí como si yo fuera mi madre. Yo me daba de beber con asco», y días después escribía: «Desperté viéndome como un cuerpo sin piel, una llagada», sola en su domicilio parisiense.

Ya para entonces, tras varios años de ingerir pastillas para adelgazar, su cuerpo al fin había adquirido el volumen que esperaba, y solía andar en el departamento con ligeras ropas para contemplarse, sin dejar de anotar sus impresiones: «Me saqué los pantalones y subí a la silla para mirar cómo soy con el suéter y el slip; vi mi cuerpo adolescente; después bajé y me acerqué nuevamente al espejo: Tengo miedo, dije. Revisé mis rasgos y me aburrí. Tenía hambre y ganas de romper algo. Me dirigí a la mesa y quise escribir un poema pero temí aumentar el desorden de los libros y papeles. Me mordía los labios y no sabía qué hacer con las manos. Me asustaba saberme andando por la piecita desordenada, con la boca devorándose y la memoria petrificada».

Rigurosa en su labor literaria, no se daba un respiro para salir del abismo creador que se había impuesto, por eso cada vez era más dura consigo misma. Ni la amistad de Cortázar (con quien solía encontrarse a menudo), ni sus lecturas continuas y las traducciones que hacía lograban apaciguarla. Las exigencias por llegar a la exactitud sobrepasaban sus fuerzas. «Hablas literalmente», se reprochaba en su diario. «No obstante, se te comprende mal. Es como si la perfecta precisión de tu lenguaje revelara en cada palabra un caos que se vuelve más evidente en la medida en que te esfuerzas por ser comprendida». Las noches para esta dama solitaria indudablemente no tenían paz.

De regreso a Buenos Aires, Alejandra publicó lo que serían sus obras más celebradas, Los trabajos y las noches, Extracción de la piedra de locura y El infierno musical, pero su espíritu permanecía alterado, algo en ella iba cediendo a los desalientos, a las inquietudes, a pesar del reconocimiento que empezaba a cosechar, del halago y las palmas de que era objeto. «Tengo miedo», continuó anotando en su diario. «Todo en mí se desmorona. No quiero luchar, no tengo contra quién luchar». Su vida se partía en dos: por un lado estaba la poeta talentosa, leída, tertuliana; por otro, la mujer perturbada e inestable, sin dominio de sus propias sensaciones. El oficio de escribir ya era un arte familiar para ella; sin embargo, dejaba vestigios dentro de sí. En una de sus últimas cartas le confidenció a su «cercanita» Ivonne Burdelois: «Ahora sé un poquito más (por eso ya no me siento a la mesa y rumio horas y horas un adjetivo de algún poema). Sé un poquito más, comprendo algo más; y sí, es tan terrible y viviente y vibrante esto que alienta en esto que ahora soy. No sé en qué me he convertido». Y a esta dubitación se agregaba la dificultad de convivir con los demás, que ya la había hecho notar en su diario cuando confesaba «este no saber dialogar, esta imposibilidad de acceder a los otros, sean personas vivas, sean autores. Esta imposibilidad de ver a los demás como seres humanos (nunca miro a los ojos de nadie o si lo hago es para buscar aprobación)».

Luz y sombra se intercalaban en Alejandra para llevarla de la quietud a la tormenta, del silencio al miedo, mientras la vida se le iba escapando de las manos y la realidad convencional jugaba con ella a las escondidas. Recibió becas, ganó concursos, era entrevistada en diarios y revistas, pero la que respondía y vivía todo aquello era el personaje, no la mujer que asistía a terapia y redactaba misivas a sus amigos para sentirse mejor. Hasta que un día no pudo más y preparó el ritual mortuorio de su despedida: una madrugada de septiembre de 1972 maquilló a sus muñecas, escribió su último texto que al final decía «no quiero ir nada más que hasta el fondo» e ingirió cincuenta pastillas de seconal que la condujeron en sueños a la eternidad. Alejandra había cruzado el umbral de la noche sin retorno de la que tanto había escrito. Su evocación continua le abría finalmente los brazos para cobijarla en su lecho. Aquel último acto fue también su más caro poema. Ella, por fin, al igual que sus admirados Lautréamont y Rimbaud, se había convertido en una artista maldita.