CartasFebruary 9, 2007 6:57 pm

Misiva que G. me escribió a la distancia, en otro tiempo y otro lugar:

«Este es el segundo intento de empezar a escribirte y no sé cómo hacerlo. Quizá deba saludarte primero, o tal vez sea mejor decirte que en estos días la imagen más persistente que he tenido es la de un muchacho de mirada entre distraída y penetrante, de labios carnosos que sólo por ratos dan cuenta de su existencia con sonrisas tenues, en medio de un rostro que invita a soñar con él. Aquel chico está junto a mí en el paradero. Me inquieta su mutismo; sin embargo, no quiero marcharme, tengo los pies engomados en la vereda. No podría irme, dejar que la noche se trague su figura mientras crecen los kilómetros que nos irán separando cada vez más. Imposible largarse así. Pero corren los minutos y se hace tarde, acaso tarde para amar. Por fin, me doy cuenta del papel estúpido, del drama sin sentido que pretendía hacer. Así que respiro un poco de valor y cierro el telón. Después de todo, es mejor dejar las cosas como están, ¿no? Tú creyéndome tu amiga, una amiga capaz de comprenderte, y yo, ídem. Como amiga, puedo ser para ti un refugio, una esperanza, un consuelo en el momento apropiado, y tú una tarde serena, tibia, un vientecillo que se lleve las lágrimas y con una suave caricia me invite a sonreír…»

CartasJanuary 26, 2007 6:46 pm

Esta carta se la escribí a B. hace ya un buen tiempo:

«…Curiosa la forma con que dices algunas verdades, tus chispazos de lucidez, esa manera de sonreír con cierta indiferencia y dar en el clavo, justo allí donde no hay ni puede haber réplica, una verdad como la que soltaste mientras caminábamos por Javier Prado, del modo más sutil y contundente: nadie es sincero, y yo no tuve más remedio que aceptar, aunque no dijera nada; y entonces supe que éramos como espejos, que teníamos rasgos similares, algo que nos atraía y nos repelía a la vez. (…) Me pregunto qué va a pasar. Me veo en el espejo que eres tú, y no sé qué me da, un vuelco, una forma vaga, contradictoria, en la que ya no puedo imaginarte como una chica delgada, con el cabello negro y los ojos tristes tras unas gafas neuróticas…»